miércoles, 26 de marzo de 2014

MARIO VARGAS LLOSA: EL DESAFÍO (CUENTO)

En 1958, con solo 22 años de edad, el peruano Mario Vargas Llosa probó suerte en un concurso literario con un puñado de cuentos. El resultado: la edición de "Los jefes" su primer libro. Allí aparece, entre otros, "EL DESAFIO", el cuento que compartimos y que logra meternos magistralmente a los lectores en una atmósfera violenta, irracional... pero quizá no muy lejana.

                                                             El desafío
Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del "Río Bar" apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo.
- ¿Qué pasa? - preguntó León.
Leonidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros.
- Me muero de sed.
Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última gota.
- Justo va a pelear esta noche - dijo, con una voz rara.
Quedamos callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo.
- Me encargó que les avisara - agregó Leonidas. - Quiere que vayan.
Finalmente, Briceño preguntó:
- ¿Cómo fue?
- Se encontraron esta tarde en Catacaos. - Leonidas limpió su frente con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo. - Ya se imaginan lo demás...
- Bueno - dijo León. Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas las de ley. No hay que alterarse tampoco. Justo sabe lo que hace.
- Si - repitió Leonidas, con un aire ido.- Tal vez es mejor que sea así.
Las botellas habían quedado vacías. Corría brisa y, unos momentos antes, habíamos dejado de escuchar a la banda del cuartel Grau que tocaba en la plaza. El puente estaba cubierto por la gente que regresaba de la retreta y las parejas que habían buscado la penumbra del malecón comenzaban, también, a abandonar sus escondites. Por la puerta del "Río Bar" pasaba mucha gente. Algunos entraban. Pronto, la terraza estuvo llena de hombres y mujeres que hablaban en voz alta y reían.
- Son casi las nueve - dijo León.- Mejor nos vamos.
Salimos.
- Bueno, muchachos - dijo Leonidas. - Gracias por la cerveza.
- ¿Va a ser en "La Balsa", ¿no? - preguntó Briceño.
- Sí. A las once. Justo los esperará a las diez y media, aquí mismo.
El viejo hizo un gesto de despedida y se alejó por la avenida Castilla. Vivía en las afueras, al comienzo del arenal, en un rancho solitario, que parecía custodiar la ciudad. Caminamos hacia la plaza. Estaba casi desierta. Junto al Hotel de Turistas, unos jóvenes discutían a gritos. Al pasar por su lado, descubrimos en medio de ellos a una muchacha que escuchaba sonriendo. Era bonita y parecía divertirse.
- El Cojo lo va a matar - dijo, de pronto, Briceño.
- Cállate - dijo León.
- Nos separamos en la esquina de la iglesia. Caminé rápidamente hasta mi casa. No había nadie. Me puse un overol y dos chompas y oculté la navaja en el bolsillo trasero del pantalón, envuelta en el pañuelo. Cuando salía, encontré a mi mujer que llegaba.
- ¿Otra vez a la calle? - dijo ella.
- Sí. Tengo que arreglar un asunto.
El chico estaba dormido, en sus brazos, y tuve la impresión que se había muerto.
- Tienes que levantarte temprano - insistió ella - ¿Te has olvidado que trabajas los domingos?
- No te preocupes - dije. - Regreso en unos minutos
Caminé de vuelta hacia el "Río Bar" y me senté al mostrador. Pedí una cerveza y un sándwich, que no terminé: había perdido el apetito. Alguien me tocó el hombro. Era Moisés, el dueño del local.
- ¿Es cierto lo de la pelea?
- Sí. Va ser en la "Balsa". Mejor te callas.
- No necesito que me adviertas - dijo. - Lo supe hace rato. Lo siento por Justo pero, en realidad, se lo ha estado buscando hace tiempo. Y el Cojo no tiene mucha paciencia, ya sabemos.
- El Cojo es un asco de hombre.
- Era tu amigo antes... - comenzó a decir Moisés, pero se contuvo.
Alguien llamó desde la terraza y se alejó, pero a los pocos minutos estaba de nuevo a mi lado.
- ¿Quieres que yo vaya? - me preguntó.
- No. Con nosotros basta, gracias.
- Bueno. Avísame si puedo ayudar en algo. Justo es también mi amigo. - Tomó un trago de mi cerveza, sin pedirme permiso. - Anoche estuvo aquí el Cojo con su grupo. No hacía sino hablar de Justo y juraba que lo iba a hacer añicos. Estuve rezando porque no se les ocurriera a ustedes darse una vuelta por acá.
- Hubiera querido verlo al Cojo - dije. - Cuando está furioso su cara es muy chistosa.
Moisés se río.
- Anoche parecía el diablo. Y es tan feo, este tipo. Uno no puede mirarlo mucho sin sentir náuseas.
Acabé la cerveza y salí a caminar por el malecón, pero regresé pronto. Desde la puerta del "Río Bar" vi a Justo, solo, sentado en la terraza. Tenía unas zapatillas de jebe y una chompa descolorida que le subía por el cuello hasta las orejas. Visto de perfil, contra la oscuridad de afuera, parecía un niño, una mujer: de ese lado, sus facciones eran delicadas, dulces. Al escuchar mis pasos se volvió, descubriendo a mis ojos la mancha morada que hería la otra mitad de su rostro, desde la comisura de los labios hasta la frente. (Algunos decían que había sido un golpe, recibido de chico, en una pelea, pero Leonidas aseguraba que había nacido en el día de la inundación, y que esa mancha era el susto de la madre al ver avanzar el agua hasta la misma puerta de su casa).
- Acabo de llegar - dijo. - ¿Qué es de los otros?
- Ya vienen. Deben estar en camino.
Justo me miró de frente. Pareció que iba a sonreír, pero se puso muy serio y volvió la cabeza.
- ¿Cómo fue lo de esta tarde?
Encogió los hombros e hizo un ademán vago.
- Nos encontramos en el "Carro Hundido". Yo que entraba a tomar un trago y me topo cara a cara con el Cojo y su gente. ¿Te das cuenta? Si no pasa el cura, ahí mismo me degüellan. Se me echaron encima como perros. Como perros rabiosos. Nos separó el cura.
- ¿Eres muy hombre? - gritó el Cojo.
- Más que tú - gritó Justo.
- Quietos, bestias - decía el cura.
- ¿En "La Balsa" esta noche entonces? - gritó el Cojo.
- Bueno - dijo Justo. - Eso fue todo.
La gente que estaba en el "Río Bar" había disminuido. Quedaban algunas personas en el mostrador, pero en la terraza sólo estábamos nosotros.
- He traído esto - dije, alcanzándole el pañuelo.
Justo abrió la navaja y la midió. La hoja tenía exactamente la dimensión de su mano, de la muñeca a las uñas. Luego sacó otra navaja de su bolsillo y comparó.
- Son iguales - dijo. - Me quedaré con la mía, nomás.
Pidió una cerveza y la bebimos sin hablar, fumando.
No tengo hora - dijo Justo - Pero deben ser más de las diez. Vamos a alcanzarlos.
A la altura del puente nos encontramos con Briceño y León. Saludaron a Justo, le estrecharon la mano.
- Hermanito - dijo León - Usted lo va a hacer trizas.
- De eso ni hablar - dijo Briceño. - El Cojo no tiene nada que hacer contigo.
Los dos tenían la misma ropa que antes, y parecían haberse puesto de acuerdo para mostrar delante de Justo seguridad e, incluso cierta alegría.
- Bajemos por aquí - dijo León - Es más corto.
- No - dijo Justo. - Demos la vuelta. No tengo ganas de quebrarme una pierna, ahora.
Era extraño ese temor, porque siempre habíamos bajado al cause del río, descolgándonos por el tejido de hierros que sostiene el puente. Avanzamos una cuadra por la avenida, luego doblamos a la derecha y caminamos un buen rato en silencio. Al descender por el minúsculo camino hacia el lecho del río, Briceño tropezó y lanzó una maldición. La arena estaba tibia y nuestros pies se Hundían, como si andáramos sobre un mar de algodones. León miró detenidamente el cielo.
- Hay muchas nubes - dijo; - la luna no va a servir de mucho esta noche.
- Haremos fogatas - dijo Justo.
- ¿Estas loco? - dije. - ¿Quieres que venga la policía?
- Se puede arreglar - dijo Briceño sin convicción.-
Se podría postergar el asunto hasta mañana. No van a pelear a oscuras.
Nadie contestó y Briceño no volvió a insistir.
- Ahí está "La Balsa" - dijo León.
En un tiempo, nadie sabía cuándo, había caído sobre el lecho del río un tronco de algarrobo tan enorme que cubría las tres cuartas partes del ancho del cause.
Era muy pesado y, cuando bajaba, el agua no conseguía levantarlo, sino arrastrarlo solamente unos metros, de modo que cada año, "La Balsa" se alejaba más de la ciudad. Nadie sabía tampoco quién le puso el nombre de "La Balsa", pero así lo designaban todos.
- Ellos ya están ahí - dijo León.
Nos detuvimos a unos cinco metros de "La Balsa. En el débil resplandor nocturno no distinguíamos las caras de quienes nos esperaban, sólo sus siluetas. Eran cinco. Las conté, tratando inútilmente de descubrir al Cojo.
- Anda tú - dijo Justo.
Avancé despacio hacia el tronco, procurando que mi rostro conservara una expresión serena.
- ¡Quieto! - gritó alguien. - ¿Quién es?
- Julián - grité - Julián Huertas. ¿Están ciegos?
A mi encuentro salió un pequeño bulto. Era el Chalupas.
- Ya nos íbamos - dijo. - Pensábamos que Justito había ido a la comisaría a pedir que lo cuidaran.
- Quiero entenderme con un hombre - grité, sin responderle - No con este muñeco.
- ¿Eres muy valiente? - preguntó el Chalupas, con voz descompuesta.
- ¡Silencio! - dijo el Cojo. Se habían aproximado todos ellos y el Cojo se adelantó hacia mí. Era alto, mucho más que todos los presentes. En la penumbra, yo no podía ver; sólo imaginar su rostro acorazado por los granos, el color aceituna profundo de su piel lampiña, los agujeros diminutos de sus ojos, hundidos y breves como dos puntos dentro de esa masa de carne, interrumpida por los bultos oblongos de sus pómulos, y sus labios gruesos como dedos, colgando de su barbilla triangular de iguana. El Cojo rengueaba del pie izquierdo; decían que en esa pierna tenía una cicatriz en forma de cruz, recuerdo de un chancho que lo mordió cuando dormía pero nadie se la había visto.
- ¿Por qué has traído a Leonidas? - dijo el Cojo, con voz ronca.
- ¿A Leonidas? ¿Quién ha traído al Leonidas?
El cojo señaló con su dedo a un costado. El viejo había estado unos metros más allá, sobre la arena, y al oír que lo nombraban se acercó.
- ¡Qué pasa conmigo! - dijo. Mirando al Cojo fijamente. - No necesito que me traigan, He venido solo, con mis pies, porque me dio la gana. Si estas buscando pretextos para no pelear, dijo.
El Cojo vaciló antes de responder. Pensé que iba a insultarlo y, rápido, llevé mi mano al bolsillo trasero.
- No se meta, viejo - dijo el cojo amablemente. - No voy a pelearme con usted.
- No creas que estoy tan viejo - dijo Leonidas. - He revolcado a muchos que eran mejores que tú.
- Está bien, viejo - dijo el Cojo. - Le creo. - Se dirigió a mí: - ¿Están listos?
- Sí. Di a tus amigos que no se metan. Si lo hacen, peor para ellos.
El Cojo se rió.
- Tú bien sabes, Julián, que no necesito refuerzos. Sobre todo hoy. No te preocupes.
Uno de los que estaban detrás del Cojo, se rió también. El Cojo me extendió algo. Estiré la mano: la hoja de la navaja estaba al aire y yo la había tomado del filo; sentí un pequeño rasguño en la palma y un estremecimiento, el metal parecía un trozo se hielo.
- ¿Tienes fósforos, viejo?
Leonidas prendió un fósforo y lo sostuvo entre sus dedos hasta que la candela le lamió las uñas. A la frágil luz de la llama examiné minuciosamente la navaja, la medí a lo ancho y a lo largo, comprobé su filo y su peso.
- Está bien - dije.
- Chunga caminó entre Leonidas y yo. Cuando llegamos entre los otros. Briceño estaba fumando y a cada chupada que daba resplandecerían instantáneamente los rostros de Justo, impasible, con los labios apretados; de León, que masticaba algo, tal vez una brizna de hierba, y del propio Briceño, que sudaba.
- ¿Quién le dijo a usted que viniera? - preguntó Justo, severamente.
- Nadie me dijo. - afirmó Leonidas, en voz alta. - Vine porque quise. ¿Va usted a tomarme cuentas?
Justo no contestó. Le hice una señal y le mostré a Chunga, que había quedado un poco retrasado. Justo sacó su navaja y la arrojó. El arma cayó en algún lugar del cuerpo de Chunga y éste se encogió.
- Perdón - dije, palpando la arena en busca de la navaja. - Se me escapó. Aquí está.
Las gracias se te van a quitar pronto - dijo Chunga.
Luego, como había hecho yo, al resplandor de un fósforo pasó sus dedos sobre la hoja, nos la devolvió sin decir nada, y regresó caminando a trancos largos hacia "La Balsa". Estuvimos unos minutos en silencio, aspirando el perfume de los algodonales cercanos, que una brisa cálida arrastraba en dirección al puente. Detrás de nosotros, a los dos costados del cause, se veían las luces vacilantes de la ciudad. El silencio era casi absoluto; a veces, lo quebraban bruscamente ladridos o rebuznos.
- ¡Listos! - exclamó una voz, del otro lado.
- ¡Listos! - grité yo.
En el bloque de hombres que estaba junto a "La Balsa" hubo movimientos y murmullos; luego, una sombra rengueante se deslizó hasta el centro del terreno que limitábamos los dos grupos. Allí, vi al Cojo tantear el suelo con los pies; comprobaba si había piedras, huecos. Busqué a Justo con la vista; León y Briceño habían pasado sus brazos sobre sus hombros. Justo se desprendió rápidamente. Cuando estuvo a mi lado, sonrió. Le extendí la mano. Comenzó a alejarse, pero Leonidas dio un salto y lo tomó de los hombros. El Viejo se sacó una manta que llevaba sobre la espalda. Estaba a mi lado.
- No te le acerques ni un momento. - El viejo hablaba despacio, con voz levemente temblorosa. - Siempre de lejos. Báilalo hasta que se agote. Sobre todo cuidado con el estómago y la cara. Ten el brazo siempre estirado. Agáchate, pisa firme... Ya, vaya, pórtese como un hombre...
Justo escuchó a Leonidas con la cabeza baja. Creí que iba a abrazarlo, pero se limitó a hacer un gesto brusco. Arrancó la manta de las manos del viejo de un tirón y se la envolvió en el brazo. Después se alejó; caminaba sobre la arena a pasos firmes, con la cabeza levantada. En su Mano derecha, mientras se distanciaba de nosotros, el breve trozo de metal despedía reflejos. Justo se detuvo a dos metros del Cojo.
Quedaron unos instantes inmóviles, en silencio, diciéndose seguramente con los ojos cuánto se odiaban, observándose, los músculos tensos bajo la ropa, la mano derecha aplastada con ira en las navajas. De lejos, semiocultos por la oscuridad tibia de la noche, no parecían dos hombres que se aprestaban a pelear, sino estatuas borrosas, vaciadas en un material negro, o las sombras de dos jóvenes y macizos algarrobos de la orilla, proyectados en el aire, no en la arena. Casi simultáneamente, como respondiendo a una urgente voz de mando, comenzaron a moverse. Quizá el primero fue Justo; un segundo antes, inició sobre el sitio un balanceo lentísimo, que ascendía desde las rodillas hasta los hombros, y el Cojo lo imitó, meciéndose también, sin apartar los pies. Sus posturas eran idénticas; el brazo derecho adelante, levemente doblado con el codo hacia fuera, la mano apuntando directamente al centro del adversario, y el brazo izquierdo, envuelto por las mantas, desproporcionado, gigante, cruzado como un escudo a la altura del rostro. Al principio sólo sus cuerpos se movían, sus cabezas, sus pies y sus manos permanecían fijos. Imperceptiblemente, los dos habían ido inclinándose, extendiendo la espalda, las piernas en flexión, como para lanzarse al agua. El Cojo fue el primero en atacar; dio de pronto un salto hacia delante, su brazo describió un círculo veloz. El trazo en el vacío del arma, que rozó a Justo, sin herirlo, estaba aún inconcluso cuando éste, que era rápido, comenzaba a girar. Sin abrir la guardia, tejía un cerco en torno del otro, deslizándose suavemente sobre la arena, a un ritmo cada vez más intenso. El Cojo giraba sobre el sitio. Se había encogido más, y en tanto daba vueltas sobre sí mismo, siguiendo la dirección de su adversario, lo perseguía con la mirada todo el tiempo, como hipnotizado. De improviso, Justo se plantó; lo vimos caer sobro el otro con todo su cuerpo y regresar a su sitio en un segundo, como un muñeco de resortes.
- Ya está - murmuró Briceño. - lo rasgó.
- En el hombro - dijo Leonidas. - Pero apenas.
Sin haber dado un grito, firme en su posición, el Cojo continuaba su danza, mientras que Justo ya no se limitaba a avanzar en redondo; a la vez, se acercaba y se alejaba del Cojo agitando la manta, abría y cerraba la guardia, ofrecía su cuerpo y lo negaba, esquivo, ágil tentando y rehuyendo a su contendor como una mujer en celo. Quería marearlo, pero el Cojo tenía experiencia y recursos. Rompió el círculo retrocediendo, siempre inclinado, obligando a Justo a detenerse y a seguirlo. Este lo perseguía a pasos muy cortos, la cabeza avanzada, el rostro resguardado por la manta que colgaba de su brazo; el Cojo huía arrastrando los pies, agachado hasta casi tocar la arena sus rodillas. Justo estiró dos veces el brazo, y las dos halló sólo el vacío. "No te acerques tanto". Dijo Leonidas, junto a mí, en voz tan baja que sólo yo podía oírlo, en el momento que el bulto, la sombra deforme y ancha que se había empequeñecido, replegándose sobre sí mismo como una oruga, recobraba brutalmente su estatura normal y, al crecer y arrojarse, nos quitaba de la vista a Justo. Uno, dos, tal vez tres segundos estuvimos sin aliento, viendo la figura desmesurada de los combatientes abrazados y escuchamos un ruido breve, el primero que oíamos durante el combate, parecido a un eructo. Un instante después surgió a un costado de la sombra gigantesca, otra, más delgada y esbelta, que de dos saltos volvió a levantar una muralla invisible entre los luchadores. Esta vez comenzó a girar el Cojo; movía su pie derecho y arrastraba el izquierdo. Yo me esforzaba en vano para que mis ojos atravesaran la penumbra y leyeran sobre la piel de Justo lo que había ocurrido en esos tres segundos, cuando los adversarios, tan juntos como dos amantes, formaban un solo cuerpo. "¡Sal de ahí!", dijo Leonidas muy despacio. "¿Por qué demonios peleas tan cerca?". Misteriosamente, como si la ligera brisa le hubiera llevado ese mensaje secreto, Justo comenzó también a brincar igual que el Cojo. Agazapados, atentos, feroces, pasaban de la defensa al ataque y luego a la defensa con la velocidad de los relámpagos, pero los amagos no sorprendían a ninguno: al movimiento rápido del brazo enemigo, estirado como para lanzar una piedra, que buscaba no herir, sino desconcertar al adversario, confundirlo un instante, quebrarle la guardia, respondía el otro, automáticamente, levantando el brazo izquierdo, sin moverse. Yo no podía ver las caras, pero cerraba los ojos y las veía, mejor que si estuviera en medio de ellos; el Cojo, transpirando, la boca cerrada, sus ojillos de cerdo incendiados, llameantes tras los párpados, su piel palpitante, las aletas de su nariz chata y del ancho de su boca agitadas, con un temblor inverosímil; y Justo con su máscara habitual de desprecio, acentuada por la cólera, y sus labios húmedos de exasperación y fatiga. Abrí los ojos a tiempo para ver a Justo abalanzarse alocado, ciegamente sobre el otro, dándole todas las ventajas, ofreciendo su rostro, descubriendo absurdamente su cuerpo. La ira y la impaciencia elevaron su cuerpo, lo mantuvieron extrañamente en el aire, recortado contra el cielo, lo estrellaron sobre su presa con violencia. La salvaje explosión debió sorprender al Cojo que, por un tiempo brevísimo, quedó indeciso y, cuando se inclinó, alargando su brazo como una flecha, ocultando a nuestra vista la brillante hoja que perseguimos alucinados, supimos que el gesto de locura de Justo no había sido inútil del todo. Con el choque, la noche que nos envolvía se pobló de rugidos desgarradores y profundos que brotaban como chispas de los combatientes. No supimos entonces, no sabremos ya cuánto tiempo estuvieron abrazados en ese poliedro convulsivo, pero, aunque sin distinguir quién era quién, sin saber de que brazo partían esos golpes, qué garganta profería esos rugidos que se sucedían como ecos, vimos muchas veces, en el aire, temblando hacia el cielo, o en medio de la sombra, abajo, a los costados, las hojas desnudas de las navajas, veloces, iluminadas, ocultarse y aparecer, hundirse o vibrar en la noche, como en un espectáculo de magia.
Debimos estar anhelantes y ávidos, sin respirar, los ojos dilatados, murmurando tal vez palabras incomprensibles, hasta que la pirámide humana se dividió, cortada en el centro de golpe por una cuchillada invisible; los dos salieron despedidos, como imantados por la espalda, en el mismo momento, con la misma violencia. Quedaron a un metro de distancia, acezantes. "Hay que pararlos, dijo la voz de León. Ya basta". Pero antes que intentáramos movernos, el Cojo había abandonado su emplazamiento como un bólido. Justo no esquivó la embestida y ambos rodaron por el suelo. Se retorcían sobre la arena, revolviéndose uno sobre otro, hendiendo el aire a tajos y resuellos sordos. Esta vez la lucha fue breve. Pronto estuvieron quietos, tendidos en el lecho del río, como durmiendo. Me aprestaba a correr hacia ellos cuando, quizá adivinando mi intención, alguien se incorporó de golpe y se mantuvo de pie junto al caído, cimbreándose peor que un borracho. Era el Cojo.
En el forcejeo, habían perdido hasta las mantas, que reposaban un poco más allá, semejando una piedra de muchos vértices. "Vamos", dijo León. Pero esta vez también ocurrió algo que nos mantuvo inmóviles. Justo se incorporaba, difícilmente, apoyando todo su cuerpo sobre el brazo derecho y cubriendo la cabeza con la mano libre, como si quisiera apartar de sus ojos una visión horrible. Cuando estuvo de pie, el Cojo retrocedió unos pasos. Justo se tambaleaba. No había apartado su brazo de la cara. Escuchamos entonces, una voz que todos conocíamos, pero que no hubiéramos reconocido esta vez si nos hubiera tomado de sorpresa en las tinieblas.
- ¡Julián! - grito el Cojo. - ¡Dile que se rinda!
Me volví a mirar a Leonidas, pero encontré atravesado el rostro de León: observaba la escena con expresión atroz. Volví a mirarlos: estaban nuevamente unidos. Azuzado por las palabras del Cojo. Justo, sin duda, apartó su brazo del rostro en el segundo que yo descuidaba la pelea, y debió arrojarse sobre el enemigo extrayendo las últimas fuerzas desde su amargura de vencido. El Cojo se libró fácilmente de esa acometida sentimental e inútil, saltando hacia atrás: - ¡Don Leonidas! - gritó de nuevo con acento furioso e implorante. - ¡Dígale que se rinda!
- ¡Calla y pelea! - bramó Leonidas, sin vacilar.
Justo había intentado nuevamente un asalto, pero nosotros, sobre todo Leonidas, que era viejo y había visto muchas peleas en su vida, sabíamos que no había nada que hacer ya, que su brazo no tenía vigor ni siquiera para rasguñar la piel aceitunada del Cojo. Con la angustia que nacía de lo más hondo, subía hasta la boca, resecándola, y hasta los ojos, nublándose, los vimos forcejear en cámara lenta todavía un momento, hasta que la sombra se fragmentó una vez más: alguien se desplomaba en la tierra con un ruido seco. Cuando llegamos donde yacía Justo, el Cojo se había retirado hacia los suyos y, todos juntos, comenzaron a alejarse sin hablar. Junté mi cara a su pecho, notando apenas que una sustancia caliente humedecía mi cuello y mi hombro, mientras mi mano exploraba su vientre y su espalda entre desgarraduras de tela y se hundía a ratos en el cuerpo flácido, mojado y frío, de malagua varada. Briceño y León se quitaron sus sacos lo envolvieron con cuidado y lo levantaron de los pies y de los brazos. Yo busqué la manta de Leonidas, que estaba unos pasos más allá, y con ella le cubrí la cara, a tientas, sin mirar. Luego, entre los tres lo cargamos al hombro en dos hileras, como a un ataúd, y caminamos, igualando los pasos, en dirección al sendero que escalaba la orilla del río y que nos llevaría a la ciudad. - No llore, viejo - dijo León. - No he conocido a nadie tan valiente como su hijo. Se lo digo de veras.
Leonidas no contestó. Iba detrás de mí, de modo que yo no podía verlo.
A la altura de los primeros ranchos de Castilla, pregunté.
- ¿Lo llevamos a su casa, don Leonidas?
- Sí - dijo el viejo, precipitadamente, como si no hubiera escuchado lo que le decía.

jueves, 13 de marzo de 2014

PRÉVERT: LAS PALABRAS

El hombrecito que cantaba sin cesar
el hombrecito que bailaba en mi cabeza
el hombrecito de la juventud
rompió el cordón de su zapato
y todas las barracas de la fiesta
se derrumbaron de repente
y en el silencio de esa fiesta
en el desierto de esa cabeza
oí tu voz feliz
tu voz desgarrada y frágil
infantil y desolada
que venía de lejos y me llamaba
y me llevé la mano al corazón
donde se agitaban
ensangrentados
los siete trozos de espejo de tu risa estrellada.
(JACQUES PRÉVERT. EN: LAS PALABRAS, TRADUCCIÓN DE JUAN JOSÉ CESELLI. ILUSTRACIÓN: PABLO BERNASCONI. PUBLICADO EN: ADN CULTURA EL 28/02/14)

viernes, 28 de febrero de 2014

JUAN MANUEL AGUIRRE: CRÓNICA DE UN VIAJE A CUBA (III)

Capítulo 5: CIENFUEGOS Y RANCHO LUNA.

Cienfuegos es un pueblo tranquilo, con su plaza central rodeada de edificios bajos en proceso de restauración y que muestran la influencia de inmigrantes franceses llegados en otros tiempos. Como La Habana, también está sobre una bahía y tiene un malecón frente al cual nos hospedamos, en la casa de una familia muy reservada. Este malecón, especie de costanera, se aleja del centro y termina en una península a la que llaman “La Punta”, lugar donde una tarde, tomando mate, nos sorprendió una bellísima puesta de sol.
Al otro día fuimos en ómnibus local hasta una playa llamada Rancho Luna. Como en enero el clima es frío para los cubanos y no es mes de vacaciones, prácticamente no van a la playa, por lo que en muchas de ellas uno puede encontrarse sólo con algunos extranjeros e incluso con nadie. Esto nos pasó en Rancho Luna. A lo largo de kilómetros de playa, durante todo el día, sólo nos cruzamos ocasionalmente con unas pocas personas. Si bien llegamos en un ómnibus cargado y bullicioso, apenas bajamos la gente y el bullicio se desvanecieron, se escurrieron en un instante como arena entre los dedos dejando únicamente la presencia de una brisa en el aire que invitaba a la contemplación, a la introspección, al relax.
Se trataba de un caserío silencioso, como dormido, más un hotel y un par de puestos de comida cerrados, en una zona de médanos que se extendían sin poder precisarse hasta donde. Todo parecía bien cuidado pero absolutamente fuera de temporada, sin un alma bajo un sol que hacía el efecto de borronear un poco las cosas.
Con tanta playa y silencio disponibles nos sentíamos en el paraíso; en el mar calmo uno podía adentrarse unos cien metros y el agua no subía de la cintura. Cangrejos, estrellas de mar y aves buscaban ser discretos. Fue una jornada maravillosa, de reposo, un regalo de la vida. Avanzado el día, el mismo sol de la tarde anterior rodó un poco por el agua antes de zambullirse lentamente en el horizonte.
Un rato después, todavía encantados, con el día despidiéndose caímos en la cuenta de que era hora de emprender el regreso a Cienfuegos. Con las almas renovadas caminamos hasta una esquina sobre la calle principal para esperar el ómnibus. Pasaron unos cuantos minutos hasta que llegamos a la conclusión de que, literalmente, no había un alma en ese lugar. Cierta preocupación nos empezó a invadir, no parecía haber ni a quién hacerle una pregunta.
Para ponerle movimiento a la situación decidimos caminar un poco en dirección hacia donde debía venir el ómnibus, así fue como a unos doscientos metros descubrimos un puñadito de personas que parecían esperar lo mismo que nosotros bajo unos árboles. Fuimos hasta ahí. Al llegar nos encontramos con cuatro o cinco turistas, argentinos, que estaban en la misma situación y con la misma incertidumbre. Al menos teníamos de qué hablar. A uno, alguien le había comentado que el último ómnibus ya había vuelto a Cienfuegos hacía unas horas y que la única alternativa posible era un camión que, “en una de esas”, salía para allá.
La noche se imponía inevitable, con aire de sentencia; aunque nada se moviera en Rancho Luna el tiempo seguía pasando, ya no teníamos nada para comer ni aparentemente donde conseguir aunque sea agua para mates; cierta sensación de angustia empezaba a amargar lo que hasta la caída del sol había sido un día mágico. ¿Qué hacer? ¿A quién buscar? ¿Y si alguno se alejaba y aparecía el vehículo? ¿Cómo alcanzar la tranquilidad de estar en nuestros hospedajes? ¿Éramos los únicos responsables de esa situación por no volver en ómnibus a las cuatro de la tarde?
Las primeras estrellas miraban con curiosidad si resolvíamos el asunto o nos dejábamos ganar por la circunstancia, abandonados a la intemperie. Recriminarse por lo vivido no tenía sentido, estábamos ahí, había que mirar para adelante. Calculamos que volver caminando podía llevarnos unas cinco horas pero nos fuimos convenciendo de que era la mejor alternativa. Al menos éramos un grupo de compatriotas con muchas cosas en común y, por delante, la anécdota de una peregrinación nocturna en tierras cubanas.
Parados en el medio de la ruta, con un pueblo fantasma más quieto y silencioso que nunca a nuestro alrededor y un horizonte de médanos cada vez más oscuros al frente, cargamos nuestras mochilas como si se tratara de nuestros propios destinos y nos dispusimos a buscar el resplandor de Cienfuegos en el vientre de la noche, como viajeros de otro tiempo, como dignos luchadores de la vida, como buscadores de sueños.
A los cinco minutos de haber dejado atrás el caserío oímos un motor tosiendo a nuestras espaldas. Y cinco minutos más tarde cantábamos sonrientes en la caja del camión que nos dejaría en la puerta del hospedaje media hora más tarde.

Capítulo 6: TRINIDAD.

Ese enero parecía que la ciudad de moda para el turismo era Trinidad. Había razones: un centro colonial con edificios restaurados y coloridos y algunas calles empedradas la hacían atractiva, con encanto. Distintos detalles de Trinidad me hicieron acordar, por distintas razones y en distintos momentos, a otros lugares: Colonia del Sacramento, San Telmo y La Boca, Tilcara, incluso alguna postal de Antigua-Guatemala… todo eso junto. Pero también, al ser muy concurrida, estar ahí era complejo en algunos aspectos: costaba encontrar hospedaje o dónde comer a un precio accesible y todo el tiempo era posible cruzarse con alguien tratando de vender algo o simplemente pidiendo dinero.
Al llegar, salir de la terminal de ómnibus fue caótico, porque eran muchos los que ofrecían a la vez “el mejor hospedaje al mejor precio posible”. Mi compañera y yo no sabíamos a quién seguir y tampoco queríamos desilusionar a nadie. Sin embargo, los lugares que llegamos a ver no nos convencieron por los montos exigidos. En este punto es importante aclarar que si bien éramos turistas, no éramos el tipo de turista que más le conviene al cubano, ya que nuestras posibilidades económicas eran limitadas y teníamos más o menos claro qué podíamos pretender. Por esto, y porque la oleada de ofertantes siguió buscando gringos con más dinero y menos pretensiones, después de un rato nos quedamos solos.
Con un poco de preocupación por las predicciones del estilo “si no se quedan acá no van a encontrar nada, no hay hospedajes disponibles en Trinidad”, enfilamos por una calle tratando de alejarnos un poco del gentío. Enseguida encontramos la tranquilidad típica de un pueblo, la calma de la siesta, un gato y unos perros fiaquentos compartiendo la sombra en la vereda. Algunas miradas curiosas detrás de unas ventanas y el audio de la telenovela de la tarde brotando de las casas.
Después de varias cuadras paramos en una esquina a tomar agua. Creo que no queríamos mirarnos a los ojos para no tener que decir “nos quedamos sin hospedaje” o “vamos a tener que pagar lo que sea” cuando una señora con cara de abuela buena y una bolsa con verduras se acercó y nos preguntó si buscábamos dónde dormir. Le dijimos que sí y nos comentó que en la casa de su hijo había lugar disponible, “¿por cuánto?” fue nuestra pregunta, “eso lo arreglan con él” y aseguró “pero no va a haber problema”.
La casa era linda y estaba bien ubicada. El dueño, Raúl, nos dijo que al precio lo pusiéramos nosotros (el mismo de Cienfuegos nos pareció bien) y la única condición que puso fue que en algún momento nos sentáramos a conversar con él, sobre Argentina, sobre el mundo, sobre otras cosas que lo sacaran un poco de su vida cotidiana, de su rutina.
En esos días conocimos Trinidad a pie, su casco histórico, sus suburbios y sus afueras, su música y sus silencios; también visitamos y disfrutamos Ancón, la playa cercana a la ciudad; todo con vistas panorámicas y atención en los detalles. Un entrevero de imágenes y sensaciones bellas y dolorosas, lo mágico y lo real, las fachadas coloridas y el marrón de la miseria, el encanto y el desencanto. Así como es la vida, así es Cuba.
Y en varias de esas tardes, después de andar el día entero, me senté a conversar con Raúl, como un reflejo más de su tierra. Un tipo joven, de unos cuarenta y pico, en pareja con Bárbara desde hacía unos años, dos hijos, una casa linda y habilitada para el turismo (pero como él tenía un buen empleo en un Ministerio no se preocupaba por buscar huéspedes), todos con buena salud y acceso a actividades y eventos culturales; aparentemente sin grandes necesidades ni problemas, algunos podrían pensar que “además viviendo en la isla”, con playas de aguas cálidas y transparentes a minutos de su hogar. Varias razones por las que muchos serían felices.
Sin embargo, en la medida en que Raúl se iba dando a conocer, iba descubriendo a un tipo desencantado, con una felicidad agónica, encerrado en los límites de su isla. Se maravillaba escuchando anécdotas y relatos de afuera, preguntando, indagando en claroscuros de otros rincones del planeta; se quejaba de unos límites a sus sueños de progreso, a sus ganas de andar por ahí, de vivir otra vida, de no poder variar o intentar otros proyectos. Ambos compartimos en esas tardes nuestros gustos y valores, anhelos y contradicciones, virtudes y limitaciones, como hermanos que se reencuentran después de treinta años y le ponen sabor a lo vivido con unos vasos de ron… dejándome en el alma, Raúl y Trinidad, un tono agridulce como de azúcar y limón.
La última noche, mi compañera y yo caminábamos por Trinidad buscando una buena cena de despedida. Los restoranes abiertos solo tenían precios para gringos con más dinero y menos pretensiones que nosotros. En una de esas, cuando empezábamos a aceptar que no teníamos chances, una chica nos chistó desde un rincón oscuro: “yo tengo lo que buscan, vengan conmigo”, dijo con segura calidez. La seguimos un par de cuadras como quien comparte la vereda de casualidad hasta que nos invitó a pasar a una casa común y corriente, sin carteles ni luces en la entrada. Atravesamos una sala donde un nene miraba televisión, luego un pasillo que daba a una cocina donde una mujer fabricaba aromas increíbles y de ahí a un patio. Dos mesitas bajo una glorieta con una guirnalda de tres o cuatro lucecitas de colores muy tenues le daban forma y calidez a una estrategia de sobrevivencia familiar. En la otra mesa, un gringo cincuentón compartía sus platos con una negra veinteañera. De fondo cantaban los grillos.

miércoles, 12 de febrero de 2014

CORTAZAR: "RAYUELA" (FRAGMENTOS)

¿Por qué tan lejos de los dioses? Quizá por preguntarlo.
¿Y qué? El hombre es el animal que pregunta. El día en que verdaderamente sepamos preguntar, habrá diálogo. Por ahora las preguntas nos alejan vertiginosamente de las respuestas. ¿Qué epifanía podemos esperar si nos estamos ahogando en la más falsa de las libertades, la dialéctica judeocristiana? Nos hace falta un Novum Organum de verdad, hay que abrir de par en par las ventanas y tirar todo a la calle, pero sobre todo hay que tirar también la ventana, y nosotros con ella. Es la muerte, o salir volando. Hay que hacerlo, de alguna manera hay que hacerlo. Tener el valor de entrar en mitad de las fiestas y poner sobre la cabeza de la relampagueante dueña de casa un hermoso sapo verde, regalo de la noche, y asistir sin horror a la venganza de los lacayos. (147)


Morelliana. 
Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre una mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alejaba el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (pensé nosotros y pensé bien, o sentí bien) durante miles de años, durante la Edad del Fuego, hasta que nos la cambiaron por la luz eléctrica. Imaginé otros gestos, el de las mujeres alzando el borde de las faldas, el de los hombres buscando el puño de la espada. Como las palabras perdidas de la infancia, escuchadas por última vez a los viejos que se iban muriendo. En mi casa ya nadie dice «la cómoda de alcanfor», ya nadie habla de «las trebes» —las trébedes—. Como las músicas del momento, los valses del año veinte, las polkas que enternecían a los abuelos. Pienso en esos objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas o escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego —encender una vela, andar con ella por el corredor— nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos. (105)

"Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújula " (1)

"No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenómenas de este circo, y sin embargo basta suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio" (1)

"la sombra dentro de la sombra de su pieza por la noche, la brasa del cigarrillo dibujando lentamente las formas del insomnio" (47)

"-Levanta un momento la cabeza, la almohada es demasiado baja, te la voy a cambiar.
- Mejor sería que dejaras tranquila la almohada y me cambiaras la cabeza- dijo Oliveira." (62)

                                                                        FRAGMENTOS DE "RAYUELA", JULIO CORTAZAR.

domingo, 9 de febrero de 2014

AMALIA CORDIVIOLA: NAUFRAGO

NAUFRAGO

Soltando las amarras que me atan
empujo el muelle con la mano 
y zarpo de un envión.
Acostándome en tu regazo 
naufrago con paz milagrosa.
La tierra que me encadenó
ahora se encuentra muy debajo
y su jaula no llega a sujetarme.
Río entre tus sonidos,
entre tus olas sin sal.
Te escucho atentamente
para no perderme de nada
y me pierdo en tu cuerpo.
Cuanta tranquilidad 
y confianza me otorgás.
Cuánta alegría me da
oírte hablar.
Me río con vos,
mi río
y no tengo prisa por llegar.
Inmensidad de calma
cariño en tu suavidad.
Las palabras dulces
anidan tus labios,
hoy mis oídos
te prestan su atención.
Aroma a  tierra húmeda
tu color opaco atrae a mis ojos.
Soy parte de vos,
sos agua de mi cuerpo.