jueves, 15 de octubre de 2015

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN: LLUVIA

 Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
     Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
     De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
     De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
     Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
      No habían despertado todavía al amor.
      No sabían nada de nosotros.
      De nuestro secreto.
      Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
       Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
        Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
        Te quiero con toda la furia de la lluvia.
        Te quiero con todos los violines de la lluvia.
        Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
        Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
         Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
         Oh, visitante.
          Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
          Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
          Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
          Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
          Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
          Oh, visitante.
          Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
          Estoy tocado de tu destino.
          Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
          Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
          Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.
            La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
            Estoy tocado de tu destino.
            Oh, lluvia. Oh, generosa.

viernes, 9 de octubre de 2015

RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN: LA CALLE DEL AGUJERO EN LA MEDIA


Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad 
y la mujer que amo con una boina azul. 
Yo conozco la música de un barracón de feria 
barquitos en botellas y humo en el horizonte. 
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad. 
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar 
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar 
ni el afiche apagado del grotesco armazón 
telaraña del mundo para mi corazón. 
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres 
de rodillas desnudas y de brazos tendidos! 
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños 
que acarician de noche a los niños dormidos-. 
Tenía el resplandor de una felicidad 
y veía mi rostro fijado en las vidrieras 
y en un lugar del mundo era un hombre feliz. 
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios? 
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes? 
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana 
y carros de verduras con colores alegres? 
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera 
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí 
y riendo de la muerte y de la suerte y 
feliz como una rama de viento en primavera. 
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra! 
Esto es simple querida, como el globo de luz 
del hotel en que vives. Yo subo la escalera 
y la música viene a mi lado, la música. 
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda 
alegres en lo alto de una calle cualquiera. 
Alegres las campanas como una nueva voz. 
Tú crees todavía en la revolución 
y por el agujero que coses en tu media 
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz. 
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad, 
una calle que nadie conoce ni transita. 
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo 
solo con el recuerdo de una mujer querida. 
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto. 
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.

RAÚL GONZLEZ TUÑÓN: EL VIOLÍN DEL DIABLO


Raúl González Tuñón nació en Buenos Aires el 29 de marzo de 1905, y murió en la misma ciudad en 1974.
Fue uno de los más importantes poetas argentinos del siglo XX. “Amigo de las gentes, de las mujeres amantes y del vino, una suerte de François Villon criollo, cantor de las tabernas, las grandes fiestas y duelos e insurrecciones populares”, según lo definió Pedro Orgambide.
En 1922 publica sus primeros poemas en las revistas Caras y Caretas e Inicial. En 1923 participa en la redacción de Proa, la revista que dirige Ricardo Güiraldes, y colabora en el periódico Martín Fierro. Viaja por el interior del país y en 1929 por primera vez a Europa. Dos años después a Brasil, y en 1932 al Chaco paraguayo, en el avión del diario Crítica, como corresponsal de guerra. Vuela a la Patagonia y se instala en Río Gallegos. En 1933 funda la revista Contra. Lo detienen y procesan por ¨incitación a la rebelión¨. En 1934 viaja a España y se radica en Madrid, donde traba amistad con García Lorca, Neruda y Miguel Hernández. En 1935 vuela a Buenos Aires y dos años más tarde está otra vez en España, durante la defensa de Madrid. Vive en Chile. Viaja por Europa, va a la Unión Soviética y a China.
Con El violín del diablo (1926) y Miércoles de ceniza (1928) trae Tuñón a la poesía argentina el desenfado y la picardía de los muchachos de los puertos, de los vagos y mal entretenidos que deambulaban por el viejo Paseo de Julio. Es un reconocimiento apasionado no sólo de la gente sino de los escenarios poco prestigiosos de la ciudad durante los años '20. Es en el puerto, en los suburbios, en el conventillo que encuentra los motivos de sus poemas. Todo es motivo de canto para el poeta que, por encargo de su novia, escribe Poema para la Virgencita del Teatro Cervantes. En este primer período, la poesía de Tuñón une a lo descriptivo la imagen insólita, la pirueta, un pase de prestidigitador. En otros poemas, El séptimo cielo, por ejemplo, utiliza la palabra en función de onomatopeya, de dibujo verbal. Es lo que se advierte también en Poema de la Cenicienta Ciudadana, donde los nombres ingleses de los artistas de cine o de su máquina de escribir, sirven de rima y música interna al poema.
En La Calle del Agujero en la Media (1930) el verso libre, de amplio período, suplanta la cadenciosa, rítmica primera manera del poeta. Ahora, el discurso poético se distiende, se abre para incorporar lo sensorial en infinitos detalles, para registrar pequeñas anécdotas que tienen la brevedad de una instantánea. Este cambio de lenguaje corresponde al cambio de escenario: ya no es Buenos Aires sino París. Como constante, queda su observación de lo cotidiano, su mirar en las vidrieras y en los ojos fraternales: los de un saxofonista, los de un vendedor de globos, los de las chicas del music-hall, los de Blanca Luz que está lejos, los del organista de la iglesia de San Suplicio.
En El otro lado de la Estrella y Todos bailan, poemas de Juancito Caminador, ambos publicados en 1934, Raúl González Tuñón continúa esta segunda manera de su poesía: el verso amplio que llega fundirse con la prosa. De ese tiempo es la serie de Blues y su memorable poema "Lluvia", dedicado a Amparo Mom. Seguro de su oficio, canta ahora no sólo al amor y la vida vagabunda, sino a los hombres dispuestos a una actitud de solidaridad y al combate. Su registro de los años '30: el clima de preguerra europeo, el apogeo del jazz, los gangsters de EE.UU. ("Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo") preparan ya el advenimiento de la poesía política de González Tuñón.
"Fue el primero que blindó la rosa", dijo Pablo Neruda. En 1936 aparece La rosa blindada. Puede señalarse este momento como el del tercer período poético de González Tuñón. En él se integran y se complementan sus dos maneras anteriores. Fiel al recuerdo de su abuelo Manuel Tuñón (obrero nacido en Mieres que lleva a su nieto a una manifestación socialista), fiel también a la poesía española, a los romances y coplas populares, González Tuñón enriquece la suya tanto en su tema como en su lenguaje. "La Libertaria", "El Tren Blindado de Mieres", "La Copla al Servicio de la Revolución", "Cuidado, que viene el Tercio", "La muerte Derramada", "El Pequeño Cementerio Fusilado" son algunos poemas de aquel tiempo, en los que, a partir de un tema heroico, la poesía se expresa tanto en verso rimado como en largos períodos de verso libre y prosa. En Las puertas de fuego (1923) y La Muerte en Madrid (1939) el mismo tema y procedimiento se reiteran con acierto.
No ocurrió lo mismo en parte de su producción posterior, donde a veces lo contingente, lo aleatorio, el compromiso de circunstancia, restó fuerza a su poesía. No obstante, se advierte en sus últimos poemas un feliz regreso a sus orígenes, al poeta vagabundo, a su admirable Juancito Caminador, aquel que dijo: "Traigo la palabra y el sueño, la realidad y el juego de lo inconsciente, lo cual quiere decir que yo trabajo con toda la realidad."
Además de su labor poética, Raúl González Tuñón escribió varias obras de teatro: El descosido, La cueva caliente y, en colaboración con el poeta Nicolás Olivari, Dan tres vueltas y se van.

martes, 15 de septiembre de 2015

RAY BRADBURY: ENCENDER LA NOCHE (o LA NIÑA QUE ILUMINÓ LA NOCHE)

Había una vez un muchachito a quien no le gustaba la Noche.

Le gustaban
linternas y lámparas
y antorchas y alumbrados
y faros y faroles
y velas y velones
y relumbrones y relámpagos.
Pero no le gustaba la noche.



Se lo veía en
salones y sótanos
y despensas y desvanes
y alcobas y alacenas
y escurriéndose por los corredores.
Pero nunca se lo veía afuera…
en la Noche.

No le gustaban para nada las llaves de luz.
Porque las llaves de luz apagaban
las lámparas amarillas
las lámparas verdes
las lámparas blancas
las lámparas del vestíbulo
las luces de la casa
las luces de todas las habitaciones.
Él nunca tocaba las llaves de luz.
Y jamás salía a jugar
en la oscuridad.

Siempre estaba muy solo.
Y muy triste.
Pues veía, desde su ventana,
a los otros chicos jugando sobre el césped
en las noches de verano.
Los veía corriendo felices allá afuera
de la oscuridad a la luz.

Pero nuestro muchachito ¿dónde estaba?
Arriba en su cuarto.
Con sus linternas y lámparas
y faroles
y candeleros y candelas.
Completamente solo.

A él únicamente le gustaba el sol.
El amarillo sol.
A él no le gustaba la Noche.

Cuando llegaba el momento
en que papá y mamá recorrían la casa
apagando todas las luces…
Una a una.
Una a una.
Las luces de la entrada
las luces del salón
las pálidas luces
las rosadas luces
las luces del a despensa
las luces de la escalera…
Entonces el muchachito se metía en su cama.

Tarde en la noche
el niño desdichado
tenía en el pueblo
el único cuarto iluminado.

Y una noche,
mientras papá estaba de viaje
y mamá se acostó temprano,
el muchachito empezó a vagar solo,
completamente solo por la casa.

¡Ah, cómo ardían las luces!
¡Las luces de la entrada
las luces del vestíbulo
las luces de la despensa
las pálidas luces
las rosadas luces
las luces del salón
las luces de la cocina!
¡Hasta las luces del desván!

¡Toda la casa parecía haberse incendiado!
Pero el muchachito todavía estaba solo.
Entretanto los otros chicos,
allá lejos
jugaban sobre los prados en la noche de verano.
Riendo.
Muy lejos.

¡De repente escuchó
un golpe en la ventana!
Algo oscuro estaba ahí.
Un golpe en la puerta de entrada.
¡Algo oscuro estaba ahí!
Un golpe en la puerta trasera.
¡Algo oscuro estaba ahí!
De pronto alguien dijo: -¡Hola!
Una niña estaba ahí en medio de
las luces blancas, de las brillantes luces,
de las amarillas luces, de las luces de maravillas.

- Me llamo Negra –dijo.
Ella tenía el pelo negro
los ojos negros
y llevaba un vestido negro
y zapatos negros.
Pero su rostro era tan blanco como la luna.
Y sus ojos brillaban
como la luz de las blancas estrellas.

-Estás muy solo –dijo ella.

-Me gustaría correr con los chicos afuera –dijo el muchachito-. Pero no me gusta la Noche.

-Yo te presentaré a la Noche –dijo Negra-.
Y ustedes serán amigos.
Ella apagó la luz de la entrada.
-Ves –le dijo-. No estoy apagando la luz.
¡No, de ningún modo!
Simplemente estoy encendiendo la Noche.
Se la puede encender o apagar
igual que una lámpara
con la misma llave de luz.

-Nunca se me había ocurrido eso –dijo el muchachito.

-Y cuando se enciende la Noche –dijo Negra-,
por supuesto que también se encienden los grillos…

¡Y las ranas!
¡Y las estrellas!
¡Las luminosas estrellas
las estrellas titilantes
las verdaderas estrellas
las estrellas azules!
¡El cielo es una casa
con sus luces de entrada
y luces en el salón
luces rosadas y pálidas luces
luces rojas
verdes luces
luces azules
amarillas luces
resplandores
todas las luces!

¿Quién puede escuchar a los grillos con las luces encendidas?
Nadie.
¿Quién puede escuchar a las ranas con las luces encendidas?
Nadie.
¿Quién puede ver las estrellas con las luces encendidas?
Nadie.
¿Quién puede ver la luna con las luces encendidas?
Nadie.

¡Fijate cuánto has perdido!

¿Pensaste alguna vez
alumbrar los grillos,
alumbrar las ranas,
alumbrar las estrellas
y la gran luna blanca?

-No –dijo el muchachito.
-Entonces, trata de hacerlo –dijo Negra.
Y ellos lo hicieron.
Subieron y bajaron las escaleras,
encendiendo la Noche.
Encendiendo la oscuridad,
dejando que la Noche viviera en cada habitación.
Como una rana.
O un grillo.
O una estrella.
O una luna.

Y ellos encendieron los grillos.
Y ellos encendieron las ranas.
Y ellos encendieron la blanca luna semejante a un helado.
-¡Oh, cómo me gusta esto! –dijo el muchachito-.
¿Puedo encender siempre la Noche?
-¡Por supuesto! –dijo Negra, la niñita.
Y desapareció.

Ahora el muchachito es muy feliz.
Le gusta la Noche.
¡Tiene una Noche encendida en lugar de una luz encendida!
Le gusta encenderla.
Ha tirado sus linternas
sus lámparas
sus velas
sus velones.
En cualquier noche de verano que quieras,
podrás verlo.

Encendiendo la blanca luna,
encendiendo las rojas estrellas,
encendiendo las azules estrellas,
las verdes estrellas, las luminosas estrellas,
las blancas estrellas,
encendiendo las ranas, los grillos y la Noche.

Y corriendo en la oscuridad
sobre los prados
con los chicos felices…
Riendo.


Este libro fue escrito por Ray Bradbury en 1955. 
Fue traducido al castellano por Amelia Hannois e ilustrado por Juan Marchesi, en 1972 por Ediciones de la Flor, Argentina.

lunes, 7 de septiembre de 2015

J. L. BORGES: LUNA DE ENFRENTE

Seguro de mi vida y de mi muerte, miro los ambiciosos y quisiera entenderlos.
Su día es ávido como el lazo en el aire.
Su noche es tregua de la ira en el hierro, pronto en acometer.
Hablan de humanidad.
Mi humanidad está en sentir que somos voces de una misma penuria.
Hablan de patria.
Mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada,
la oración evidente del sauzal en los atardeceres.
El tiempo está viviéndome.
Más silencioso que mi sombra, cruzo el tropel de su levantada codicia.
Ellos son imprescindibles, únicos, merecedores del mañana.
Mi nombre es alguien y cualquiera.
Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.



                                     Jorge Luis Borges. Jactancia de quietud (fragmentos). Luna de enfrente. 1925.

martes, 25 de agosto de 2015

SERGIO MARCHI: DE LOS ORÍGENES DE BS. AS. Y EL MALDONADO (II)

(CONTINUA DE PUBLICACIÓN ANTERIOR)


Las posibilidades se bifurcan de acuerdo a quien hubiese encontrado a la Maldonado cuando reanudó su viaje. Pero todo terminaba de igual manera: encarcelada por aquellos que salieron a buscarla, o bien por haberse encontrado con los indios quienes la habrían acogido en la tribu, o por haber desobedecido las órdenes de Pedro de Mendoza de no traspasar el perímetro. El castigo fue atarla a un árbol y abandonarla a su suerte. Fueron tres días interminables para la Maldonado, que padeció una suerte de crucifixión a la criolla. Pero las cosas empeoraron aun más cuando un puma se acercó a ella con ánimo alimenticio. Fue entonces que, de las sombras, la puma a la que ella había ayudado, seguida por sus cachorros, salió en su defensa y no permitió que el otro animal se le acercase. Hubo una feroz batalla entre ambos, y cuando surgió un vencedor, la Maldonado pensó que el final había llegado, porque la bestia se le acercó sigilosamente. Esperaba un salto y unas garras que la partieran en dos, pero sintió que el puma le lamía los pies.

El felino se quedó a su lado hasta que una patrulla de soldados fue a ver qué había sido de su suerte, pensando que en verdad podrían comer sus restos. Gran susto se pegaron cuando encontraron al puma custodiando a la cautiva. La Maldonado ya había muerto, pero tuvieron que matar al puma para poder comprobarlo. Otras narraciones dicen que la expedición disparó al aire para ahuyentar al animal y poner fin a la agonía de la mujer; cuando lo hicieron, un aullido desgarrador del puma hizo un tajo al aire. Y también se dice que, habiendo sobrevivido tan dura pena, y con un hecho sobrenatural como la presencia del puma, los soldados la desataron y la dejaron volver al perímetro, pensando que ya había purgado su falta.

Es curioso pero la Maldonado y Buenos Aires compartieron suerte: ambas fueron abandonadas. La primera atada a un árbol; la segunda, cuando Pedro de Mendoza murió de sífilis y la expedición decidió remontar el río Paraná hacia Asunción, donde la situación era mucho más benigna, con una indiada más sumisa y mayor cercanía a la ciudad de Lima, la verdadera "reina de la plata". Prendieron fuego a lo que había y se tomaron el buque, literalmente. La historia de la Maldonado aconteció cerca de un curso de agua al que ella seguía para no deshidratarse. Su leyenda fue contada generación tras generación. Cuando la ciudad de Buenos Aires comenzó a tomar forma real, varios siglos después, el arroyo recibió el nombre de Maldonado en su honor.

                                                                          fragmento de "Pappo. el hombre suburbano". planeta. bs. as. 2011

lunes, 17 de agosto de 2015

SERGIO MARCHI: DE LOS ORÍGENES DE BS. AS. Y EL MALDONADO (I)

Decir que en Buenos Aires se corría la coneja, sería algo inexacto, ya que en 1536 no había conejos en la pampa, que en verdad estaba repleta de indios y de tigres. También sería equívoco llamar tigres a los jaguares y, sobre todo, pumas, verdaderos señores de estas tierras. Ellos, y los indios que la historia bautizó como querandíes. Pedro de Mendoza, ilusionado con encontrar una nueva fuente de riquezas en los parajes del Mar Dulce –nuestro Río de la Plata-, se sintió estafado por su propia ilusión: la pampa era chata e inerte y los indios eran malos. No eran como las más amistosas tribus del Caribe, que se contentaban con espejitos y piedras relucientes, que tenían una buena predisposición para los que venían a “conquistarlos” y procuraban que no les faltase de comer.

Los historiadores no tienen la menor idea de qué fue lo que pudrió la relación entre los españoles al mando de Pedro de Mendoza y los querandíes, pero un buen día los indios dejaron de volver con pieles y comida. Las versiones más revisionistas, aseguran que los indios se cansaron del maltrato y la soberbia de los conquistadores; otras miradas, más mercantilistas, sostienen que los indios no se conformaban con los espejitos y en realidad se mostraban más interesados por las armas de fuego que les permitirían combatir a los “tigres”. Los españoles, que estaban cansados y hambrientos, pero que no compraban espejitos tampoco, supieron que esas armas que los indios querían, tarde o temprano, se usarían en su contra. No hubo trato.

El problema es que los “tigres” también tenían hambre y muy poca educación: se abalanzaban sobre el primer ser humano que divisaran y, en especial, sobre los caballos que montaban, los que no sabían muy bien qué hacer frente a esas bestias a las que no estaban habituados. De manera que se estableció un cerco perimetrando una parcela de lo que hoy es Buenos Aires, gracias al cual los españoles estarían a salvo de los “tigres” (hasta cierto punto, porque a veces las bestias saltaban el cerco) y de los indios, que ya habían dado indicio de su mal carácter despedazando a la expedición que fue a “preguntarles” el porqué de su súbita indiferencia. Esos malos modales indígenas causarían el enojo de Pedro de Mendoza que se decidió por hacer tronar el escarmiento.

El hambre se convirtió en un problema tal que hubo que tomar medidas drásticas, como castigar con la muerte a aquel que se comiese a los caballos. Agarraron a tres con la boca llena y los colgaron; al día siguiente, aparecieron sin piernas, las que sirvieron para alimentar a los más desesperados. La Maldonado, una de las pocas mujeres de la expedición, comprendió que se había llegado a un límite y desafió las órdenes, traspasando el cerco en búsqueda de comida. Los hechos son imprecisos y han sido deformados por el transcurso del tiempo y las múltiples narraciones.
Al límite de sus fuerzas, extenuada y hambrienta, la Maldonado se metió en una cueva a descansar. Aparentemente, se durmió y la despertó el ruido de un ejemplar de puma hembra, que le dejó al lado un pedazo de carne con el que la Maldonado recuperó fuerzas.

Estas le sirvieron para devolver el favor, ya que la puma emitió un sordo rugido y se dejó caer sobre un costado: estaba dando a luz. La Maldonado se quedó a su lado hablándole tiernamente, acariciándola y ayudándola con los dos cachorros, para que estos pudieran salir con rapidez de su vientre y encontraran sin demora el lugar en su teta… (CONTINUARÁ).

                                                                            fragmento de "Pappo. el hombre suburbano". planeta. bs. as. 2011