martes, 15 de septiembre de 2015

RAY BRADBURY: ENCENDER LA NOCHE (o LA NIÑA QUE ILUMINÓ LA NOCHE)

Había una vez un muchachito a quien no le gustaba la Noche.

Le gustaban
linternas y lámparas
y antorchas y alumbrados
y faros y faroles
y velas y velones
y relumbrones y relámpagos.
Pero no le gustaba la noche.



Se lo veía en
salones y sótanos
y despensas y desvanes
y alcobas y alacenas
y escurriéndose por los corredores.
Pero nunca se lo veía afuera…
en la Noche.

No le gustaban para nada las llaves de luz.
Porque las llaves de luz apagaban
las lámparas amarillas
las lámparas verdes
las lámparas blancas
las lámparas del vestíbulo
las luces de la casa
las luces de todas las habitaciones.
Él nunca tocaba las llaves de luz.
Y jamás salía a jugar
en la oscuridad.

Siempre estaba muy solo.
Y muy triste.
Pues veía, desde su ventana,
a los otros chicos jugando sobre el césped
en las noches de verano.
Los veía corriendo felices allá afuera
de la oscuridad a la luz.

Pero nuestro muchachito ¿dónde estaba?
Arriba en su cuarto.
Con sus linternas y lámparas
y faroles
y candeleros y candelas.
Completamente solo.

A él únicamente le gustaba el sol.
El amarillo sol.
A él no le gustaba la Noche.

Cuando llegaba el momento
en que papá y mamá recorrían la casa
apagando todas las luces…
Una a una.
Una a una.
Las luces de la entrada
las luces del salón
las pálidas luces
las rosadas luces
las luces del a despensa
las luces de la escalera…
Entonces el muchachito se metía en su cama.

Tarde en la noche
el niño desdichado
tenía en el pueblo
el único cuarto iluminado.

Y una noche,
mientras papá estaba de viaje
y mamá se acostó temprano,
el muchachito empezó a vagar solo,
completamente solo por la casa.

¡Ah, cómo ardían las luces!
¡Las luces de la entrada
las luces del vestíbulo
las luces de la despensa
las pálidas luces
las rosadas luces
las luces del salón
las luces de la cocina!
¡Hasta las luces del desván!

¡Toda la casa parecía haberse incendiado!
Pero el muchachito todavía estaba solo.
Entretanto los otros chicos,
allá lejos
jugaban sobre los prados en la noche de verano.
Riendo.
Muy lejos.

¡De repente escuchó
un golpe en la ventana!
Algo oscuro estaba ahí.
Un golpe en la puerta de entrada.
¡Algo oscuro estaba ahí!
Un golpe en la puerta trasera.
¡Algo oscuro estaba ahí!
De pronto alguien dijo: -¡Hola!
Una niña estaba ahí en medio de
las luces blancas, de las brillantes luces,
de las amarillas luces, de las luces de maravillas.

- Me llamo Negra –dijo.
Ella tenía el pelo negro
los ojos negros
y llevaba un vestido negro
y zapatos negros.
Pero su rostro era tan blanco como la luna.
Y sus ojos brillaban
como la luz de las blancas estrellas.

-Estás muy solo –dijo ella.

-Me gustaría correr con los chicos afuera –dijo el muchachito-. Pero no me gusta la Noche.

-Yo te presentaré a la Noche –dijo Negra-.
Y ustedes serán amigos.
Ella apagó la luz de la entrada.
-Ves –le dijo-. No estoy apagando la luz.
¡No, de ningún modo!
Simplemente estoy encendiendo la Noche.
Se la puede encender o apagar
igual que una lámpara
con la misma llave de luz.

-Nunca se me había ocurrido eso –dijo el muchachito.

-Y cuando se enciende la Noche –dijo Negra-,
por supuesto que también se encienden los grillos…

¡Y las ranas!
¡Y las estrellas!
¡Las luminosas estrellas
las estrellas titilantes
las verdaderas estrellas
las estrellas azules!
¡El cielo es una casa
con sus luces de entrada
y luces en el salón
luces rosadas y pálidas luces
luces rojas
verdes luces
luces azules
amarillas luces
resplandores
todas las luces!

¿Quién puede escuchar a los grillos con las luces encendidas?
Nadie.
¿Quién puede escuchar a las ranas con las luces encendidas?
Nadie.
¿Quién puede ver las estrellas con las luces encendidas?
Nadie.
¿Quién puede ver la luna con las luces encendidas?
Nadie.

¡Fijate cuánto has perdido!

¿Pensaste alguna vez
alumbrar los grillos,
alumbrar las ranas,
alumbrar las estrellas
y la gran luna blanca?

-No –dijo el muchachito.
-Entonces, trata de hacerlo –dijo Negra.
Y ellos lo hicieron.
Subieron y bajaron las escaleras,
encendiendo la Noche.
Encendiendo la oscuridad,
dejando que la Noche viviera en cada habitación.
Como una rana.
O un grillo.
O una estrella.
O una luna.

Y ellos encendieron los grillos.
Y ellos encendieron las ranas.
Y ellos encendieron la blanca luna semejante a un helado.
-¡Oh, cómo me gusta esto! –dijo el muchachito-.
¿Puedo encender siempre la Noche?
-¡Por supuesto! –dijo Negra, la niñita.
Y desapareció.

Ahora el muchachito es muy feliz.
Le gusta la Noche.
¡Tiene una Noche encendida en lugar de una luz encendida!
Le gusta encenderla.
Ha tirado sus linternas
sus lámparas
sus velas
sus velones.
En cualquier noche de verano que quieras,
podrás verlo.

Encendiendo la blanca luna,
encendiendo las rojas estrellas,
encendiendo las azules estrellas,
las verdes estrellas, las luminosas estrellas,
las blancas estrellas,
encendiendo las ranas, los grillos y la Noche.

Y corriendo en la oscuridad
sobre los prados
con los chicos felices…
Riendo.


Este libro fue escrito por Ray Bradbury en 1955. 
Fue traducido al castellano por Amelia Hannois e ilustrado por Juan Marchesi, en 1972 por Ediciones de la Flor, Argentina.

lunes, 7 de septiembre de 2015

J. L. BORGES: LUNA DE ENFRENTE

Seguro de mi vida y de mi muerte, miro los ambiciosos y quisiera entenderlos.
Su día es ávido como el lazo en el aire.
Su noche es tregua de la ira en el hierro, pronto en acometer.
Hablan de humanidad.
Mi humanidad está en sentir que somos voces de una misma penuria.
Hablan de patria.
Mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada,
la oración evidente del sauzal en los atardeceres.
El tiempo está viviéndome.
Más silencioso que mi sombra, cruzo el tropel de su levantada codicia.
Ellos son imprescindibles, únicos, merecedores del mañana.
Mi nombre es alguien y cualquiera.
Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.



                                     Jorge Luis Borges. Jactancia de quietud (fragmentos). Luna de enfrente. 1925.

martes, 25 de agosto de 2015

SERGIO MARCHI: DE LOS ORÍGENES DE BS. AS. Y EL MALDONADO (II)

(CONTINUA DE PUBLICACIÓN ANTERIOR)


Las posibilidades se bifurcan de acuerdo a quien hubiese encontrado a la Maldonado cuando reanudó su viaje. Pero todo terminaba de igual manera: encarcelada por aquellos que salieron a buscarla, o bien por haberse encontrado con los indios quienes la habrían acogido en la tribu, o por haber desobedecido las órdenes de Pedro de Mendoza de no traspasar el perímetro. El castigo fue atarla a un árbol y abandonarla a su suerte. Fueron tres días interminables para la Maldonado, que padeció una suerte de crucifixión a la criolla. Pero las cosas empeoraron aun más cuando un puma se acercó a ella con ánimo alimenticio. Fue entonces que, de las sombras, la puma a la que ella había ayudado, seguida por sus cachorros, salió en su defensa y no permitió que el otro animal se le acercase. Hubo una feroz batalla entre ambos, y cuando surgió un vencedor, la Maldonado pensó que el final había llegado, porque la bestia se le acercó sigilosamente. Esperaba un salto y unas garras que la partieran en dos, pero sintió que el puma le lamía los pies.

El felino se quedó a su lado hasta que una patrulla de soldados fue a ver qué había sido de su suerte, pensando que en verdad podrían comer sus restos. Gran susto se pegaron cuando encontraron al puma custodiando a la cautiva. La Maldonado ya había muerto, pero tuvieron que matar al puma para poder comprobarlo. Otras narraciones dicen que la expedición disparó al aire para ahuyentar al animal y poner fin a la agonía de la mujer; cuando lo hicieron, un aullido desgarrador del puma hizo un tajo al aire. Y también se dice que, habiendo sobrevivido tan dura pena, y con un hecho sobrenatural como la presencia del puma, los soldados la desataron y la dejaron volver al perímetro, pensando que ya había purgado su falta.

Es curioso pero la Maldonado y Buenos Aires compartieron suerte: ambas fueron abandonadas. La primera atada a un árbol; la segunda, cuando Pedro de Mendoza murió de sífilis y la expedición decidió remontar el río Paraná hacia Asunción, donde la situación era mucho más benigna, con una indiada más sumisa y mayor cercanía a la ciudad de Lima, la verdadera "reina de la plata". Prendieron fuego a lo que había y se tomaron el buque, literalmente. La historia de la Maldonado aconteció cerca de un curso de agua al que ella seguía para no deshidratarse. Su leyenda fue contada generación tras generación. Cuando la ciudad de Buenos Aires comenzó a tomar forma real, varios siglos después, el arroyo recibió el nombre de Maldonado en su honor.

                                                                          fragmento de "Pappo. el hombre suburbano". planeta. bs. as. 2011

lunes, 17 de agosto de 2015

SERGIO MARCHI: DE LOS ORÍGENES DE BS. AS. Y EL MALDONADO (I)

Decir que en Buenos Aires se corría la coneja, sería algo inexacto, ya que en 1536 no había conejos en la pampa, que en verdad estaba repleta de indios y de tigres. También sería equívoco llamar tigres a los jaguares y, sobre todo, pumas, verdaderos señores de estas tierras. Ellos, y los indios que la historia bautizó como querandíes. Pedro de Mendoza, ilusionado con encontrar una nueva fuente de riquezas en los parajes del Mar Dulce –nuestro Río de la Plata-, se sintió estafado por su propia ilusión: la pampa era chata e inerte y los indios eran malos. No eran como las más amistosas tribus del Caribe, que se contentaban con espejitos y piedras relucientes, que tenían una buena predisposición para los que venían a “conquistarlos” y procuraban que no les faltase de comer.

Los historiadores no tienen la menor idea de qué fue lo que pudrió la relación entre los españoles al mando de Pedro de Mendoza y los querandíes, pero un buen día los indios dejaron de volver con pieles y comida. Las versiones más revisionistas, aseguran que los indios se cansaron del maltrato y la soberbia de los conquistadores; otras miradas, más mercantilistas, sostienen que los indios no se conformaban con los espejitos y en realidad se mostraban más interesados por las armas de fuego que les permitirían combatir a los “tigres”. Los españoles, que estaban cansados y hambrientos, pero que no compraban espejitos tampoco, supieron que esas armas que los indios querían, tarde o temprano, se usarían en su contra. No hubo trato.

El problema es que los “tigres” también tenían hambre y muy poca educación: se abalanzaban sobre el primer ser humano que divisaran y, en especial, sobre los caballos que montaban, los que no sabían muy bien qué hacer frente a esas bestias a las que no estaban habituados. De manera que se estableció un cerco perimetrando una parcela de lo que hoy es Buenos Aires, gracias al cual los españoles estarían a salvo de los “tigres” (hasta cierto punto, porque a veces las bestias saltaban el cerco) y de los indios, que ya habían dado indicio de su mal carácter despedazando a la expedición que fue a “preguntarles” el porqué de su súbita indiferencia. Esos malos modales indígenas causarían el enojo de Pedro de Mendoza que se decidió por hacer tronar el escarmiento.

El hambre se convirtió en un problema tal que hubo que tomar medidas drásticas, como castigar con la muerte a aquel que se comiese a los caballos. Agarraron a tres con la boca llena y los colgaron; al día siguiente, aparecieron sin piernas, las que sirvieron para alimentar a los más desesperados. La Maldonado, una de las pocas mujeres de la expedición, comprendió que se había llegado a un límite y desafió las órdenes, traspasando el cerco en búsqueda de comida. Los hechos son imprecisos y han sido deformados por el transcurso del tiempo y las múltiples narraciones.
Al límite de sus fuerzas, extenuada y hambrienta, la Maldonado se metió en una cueva a descansar. Aparentemente, se durmió y la despertó el ruido de un ejemplar de puma hembra, que le dejó al lado un pedazo de carne con el que la Maldonado recuperó fuerzas.

Estas le sirvieron para devolver el favor, ya que la puma emitió un sordo rugido y se dejó caer sobre un costado: estaba dando a luz. La Maldonado se quedó a su lado hablándole tiernamente, acariciándola y ayudándola con los dos cachorros, para que estos pudieran salir con rapidez de su vientre y encontraran sin demora el lugar en su teta… (CONTINUARÁ).

                                                                            fragmento de "Pappo. el hombre suburbano". planeta. bs. as. 2011

viernes, 31 de julio de 2015

JUAN MANUEL AGUIRRE: CON QUÉ PALABRA

Con qué palabra sobrevolar este desierto de vos
tu ausencia bajo mis manos ahora mustias
tus trazos de pájaro sagrado que se aleja
Mi cielo asume su herida de centella
y aun sin agua llueve tanto este por qué
si una vez que se enciende Venus alineada
resulta que con el amor no alcanza
Y no hay alfombra mágica que se alce en esta noche
por encima de estas ruinas a increpar la luna esquiva
y tu olvido de mi olor en los rincones.

jueves, 16 de julio de 2015

JULIO CORTÁZAR: CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. 
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

miércoles, 1 de julio de 2015

JUANA MANSO, POR EDUARDO GALEANO

JUNIO 30: NACIÓ UNA MOLESTOSA

Hoy fue bautizada, en 1819, en Buenos Aires, Juana Manso.
Las aguas sagradas la iniciaron en el camino de la mansedumbre, pero Juana Manso nunca fue mansa.
Contra viento y marea, ella fundó, en Argentina y en Uruguay, escuelas laicas y mixtas, donde se mezclaban niñas y niños, no era obligatoria la enseñanza de la religión y estaba prohibido el castigo físico.
Escribió el primer texto escolar de historia argentina y varias obras más. Entre ellas, una novela que le daba duro a la hipocresía conyugal.
Fundó la primera biblioteca popular en el interior del país.
Se divorció cuando el divorcio no existía.
Los diarios de Buenos Aires se deleitaban insultándola.
Cuando murió, la Iglesia le negó sepultura.

de: Galeano, E. "Los hijos de los días". siglo veintiuno editores. Arg., 2012.