sábado, 10 de enero de 2015

JUAN MANUEL AGUIRRE: AHÍ VAMOS

Hace 15 años un grupo de personas iniciaba un viaje, una odisea, una road movie al estilo Trapero y Kusturica, un "culebrón" sobre ruedas, amparados tanto en nobles búsquedas e intenciones como en una "locura fecunda"... hoy, en algunas casillas, en algunos barrios, se discute si ese viaje terminó en algún momento o si simplemente fue mutando y, por lo tanto, sigue rodando. Compartimos una primera reseña de aquella epopeya:


Habían transcurrido las primeras horas del nuevo año, del nuevo siglo, del nuevo milenio; apenas unos días del 2000 de nuestra era. Por ahí se oían los ecos de profecías que hablaban del último apocalipsis. Sobrevolaba el aire una humedad espesa de neoliberalismo y crisis económica, política, social, cultural… en ese marco las luchas de quienes se resistían al proclamado “fin de la historia” brillaban con intensidad sobre un fondo de desesperanzas y resignaciones. Sí, en distintas partes del mundo picaban como avispas las prácticas que confirmaban que no todo era oscurantismo, que no todo estaba perdido, que lo único no era el “sálvese quien pueda”, que más que nunca había que salir al mundo a encontrarse con otros, a recrear culturas no dominantes, a reír a carcajadas, a vivir como si la vida se tratara de algo vivo.
Sobre ese tapiz en movimiento, en algunos rincones del conurbano bonaerense se gestaba una travesía irreverente, un festejo trashumante, una gesta delirante con aires (o humos) de lucha político-cultural contra-hegemónica… una decena de jóvenes se aprestaba para emprender un viaje por tierra desde Buenos Aires con rumbo a Chiapas en un “lo mejor preparado posible” Mercedes Benz 1114, antaño vehículo de transporte público de pasajeros, ahora devenido furgón y/o casa rodante bautizado “Carromato Culebrón”, suerte de escarabajo rojo de metal noble dispuesto a surcar la irregular geografía latinoamericana uniendo espacios de resistencia al capitalismo siempre salvaje.
Fue alrededor de un mediodía dominado por la resolana del enero 00 que este puñado de quijotes desfachatados encararon la ruta Panamericana con rumbo norte, montados en su rocinante con ruedas, abiertos a lo que pudiera proponerles el contexto y cada una de sus coyunturas, asumiendo cada pizca de protagonismo posible.
Apenas cruzando el río Reconquista, uno de ellos, sentado en uno de los asientos del lado izquierdo, anotó en su libreta de bolsillo:

Buenos Aires, 11/01/2000

El viento golpea suave y sin pausa en los parches de mis oídos. Llevo el rostro descaradamente expuesto al aire de la ruta, pellizcándome levemente el sol. Surco junto a otros esta suerte de olla-anfiteatro de vapores mágicos llamado “Conurbano”, buscando la salida. Tenemos algún que otro bolso lleno de incertidumbres debido al camino por andar, otro con expectativas que avivan cosquillas y sonrisas, y un tercero con la voluntad de hacer de esta travesía una aventura emocionante como propuesta de movimiento entre el despertar luminoso de cada mañana y el volver a acurrucarnos en el vientre oscuro de cada noche. Ahí vamos.
                                                                              (Continuará)

martes, 23 de diciembre de 2014

EL "NEGRO" FONTANARROSA: TE DIGO MÁS

Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo salvaje el pobre Gordo. Del colonialismo, por decirlo de otra manera. Porque, decime vos, qué carajo tiene que ver con nosotros y con nuestras costumbres el Papá Noel. ¿Quién le dio chapa al Papá Noel? Un tipo vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida, en un trineo tirado por renos. ¡Renos, mi querido! ¿Cuándo mierda hemos visto un reno nosotros? ¿Alguna vez te fuiste a Buenos Aires en auto y viste al costado del camino un reno morfando pasto debajo de un árbol?
Pero el pobre Gordo casi la palma con esa historia... ¿No te conté la del Gordo Luis? Porque se la cuento a todos. Fue hace como quince años. El Gordo estaba en la lona total. Pero en la lona lona, no tenía un mango partido por la mitad, lo habían despedido de la proveeduría donde laburaba y lo ponías cabeza abajo y no le caía una moneda. Para colmo, se venían las fiestas y algo había que comprar para poner arriba de la mesa el 24 a la noche.

El Gordo tiene dos pibes que eran muy chiquitos en ese entonces y a esa edad a los pendejos no les vas a andar explicando el fato del FMI, la tecnología que reemplaza a los trabajadores y todas esas pelotudeces.
La cuestión es que empezó a buscar laburo, alguna changa, cualquier cosa, trabajar de lo que fuera. Primero empezó por su barrio, con los amigos y conocidos, ahí por Mendoza al fondo. Ya después entró a andar por cualquier lado para conseguir algo.

Y resulta que en el barrio Echesortu, una vieja que tenía una casa bastante grande de electrodomésticos le ofrece disfrazarse de Papá Noel y repartir caramelos a los chicos en la puerta para promocionar su negocio. Lo de siempre. Le tiraba unos mangos, por supuesto, que al Gordo le venían bastante bien. Y ahí fue el Luis, che. Ahora, imaginate la escena, porque estamos hablando de Rosario, Capital de los Cereales, ubicada a orillas del anchuroso río Paraná. El Gordo Luis, tenés que pensar en un tipo arriba de los cien kilos, fácil fácil debe andar por los 120, porque es alto, grandote, Luis.

Y te digo que resultaba perfecto para Papá Noel porque el Luis es más bueno que Lassie, nunca lo he visto enojado al Gordo, es un pan de Dios. Pero tenés que tener en cuenta una cosa ineludible. Rosario... pleno verano... mediodía, un sol de la puta madre que lo reparió, algo así como 83 grados a la sombra, y ese gordo metido adentro de un traje de Papá Noel con una tela tipo felpa así de gruesa, así de gruesa no te miento, gorro, barba de algodón, bigotes, botas y guantes.

¡Guantes! Porque la vieja era una vieja hinchapelotas, conservadora, que quería que el Gordo se pareciera exactamente a Papá Noel y que se vistiera todo como correspondía, el pobre Gordo. ¿Viste que hay veces en que tipos hacen de Papá Noel pero sin guantes y hasta a veces sin barba, o pendejas jovencitas vestidas de colorado pero con polleritas cortonas, tipo minifaldas, y las gambas al aire así están más frescas?
Pero claro, el Gordo Luis era perfecto para hacer de Papá Noel y por eso se le ocurrió eso a esa vieja hija de puta. Porque lo vio al Gordo gordo y con esos cachetitos medio coloradones que tiene el tipo, el personaje, Santa Claus.

Hasta la voz media ronca tiene Luis... ¿viste que Papá Noel se ríe siempre con esa risa ronca? Jo, jo. Hasta eso tiene Luis, la voz ronca. Jo, jo, jo... Pero vuelvo al tema. Doce del mediodía, pleno diciembre, un sol que rajaba la tierra, un calor infernal, los pajaritos que se caían muertos al piso por la canícula, se venían en baranda y se desnucaban contra la vereda... y el Gordo ahí, che, con el traje de lana gruesa, barba y bigote, sacudiendo una campana de papel maché o algo así y dándoles caramelos a los chicos que se juntaban para verlo.

A los quince minutos, a los quince minutos te juro, el traje del Gordo ya no era colorado... ¿viste que esos trajes son colorado medio clarito? Bueno, era violeta, violeta era, por la transpiración a chorros que largaba el Gordo. Pero no un pedazo, alguna zona del traje, no. Ni tampoco era solamente debajo de los brazos o arriba de la zapán que es donde uno transpira más, no.

Era todo, completo, íntegro. Al Gordo le corrían ríos de sudor sobre la piel, ríos, torrentes que le empapaban acá, acá, acá, las ingles, las pelotas, las pantorrillas, ríos que le inundaban las botas, por ejemplo. Me contaba después –porque todo esto me lo contó él mismo- que sentía las botas llenas de agua, como si las hubiera metido en un balde de agua caliente, le chapoteaban. Todo alrededor, no te miento, todo alrededor, en el piso, en un diámetro de ocho metros más o menos en torno al Gordo, parecía que habían baldeado. Toda la vereda mojada, de lo que chivaba el Gordo, se le saltaban los goterones de la cabeza, parecía las Aguas Danzantes el Gordo, imaginate.

Te digo que era ya un espectáculo grotesco, lamentable, pero Luis le seguía metiendo voluntad, le ponía ganas, caminaba de un lado al otro, se reía, llamaba a los chicos. En eso, una vecina, una vieja de esas que nunca faltan, que están al reverendo pedo como bocina de avión, que vivía a unas dos puertas del negocio de electrodomésticos, sale a la puerta y lo ve al Gordo. O escuchó el griterío de los chicos y salió a ver que pasaba. Lo ve al Gordo y se apiada de él... ¿Viste? Esas viejas comedidas, bienintencionadas, chuecas, que caminan medio encorvadas, que les cuesta moverse pero que rompen las pelotas permanentemente, un cuete la vieja, una ladilla.

Se manda para adentro de nuevo la vieja, flaquita ¿viste? Bajita, canosa con un rodete y aparece al rato con una jarra así de grande, pero así de grande, con un líquido amarillento que parecía limonada, lleno de hielo. Transpiraba de fría la jarra. Y se la ofrece al Gordo, che.
El Gordo medio le dice que no, que no se hubiera molestado, que no puede desatender su trabajo pero, en definitiva, la acepta, lógicamente.

Además, los hijos de mil putas del negocio de electrodomésticos no le habían alcanzado ni un vaso de agua al Gordo. ¡Ni un vaso de agua siquiera! Después hablan de los norteamericanos. Nosotros somos tan hijos de puta como ellos para explotar a la gente. Lo que pasaba también es que a esa hora había quedado un solo encargado en el negocio. La vieja que contrató a Luis tenía como cinco negocios por otras partes de la ciudad y andaba de recorrida; y el otro empleado que laburaba ahí se había quedado en el fondo del local, rascándose las bolas debajo del único ventilador de techo que tenían esos miserables.

La cuestión es que la vecina saca un banquito chiquito a la calle, lo deja al lado de la puerta de su casa, medio sobre el umbral para que no le diera el sol directo, le dice a Luis “Aquí se lo dejo”, y ahí se lo deja.
Cuando el Gordo pudo zafar un poco del pendejerío, te imaginás que con ese calor llegó un momento en que había mucha menos gente en la calle, se prendió a la limonada y se bajó media jarra de un saque.
Pero resulta que no era limonada, boludo, no era limonada. Era vino blanco, vino blanco era.
La vieja le había zampado en la jarra un par de botellas de vino blanco, le había metido hielo a rolete y se lo había dejado ahí, con las mejores intenciones.

El Gordo, con la desesperación, con el calor que tenía en el cuerpo, recién se dio cuenta cuando ya se había mandado más de catorce litros sin respirar, de un saque. Y aparte, seamos sinceros, cuando ya se dio cuenta no pudo parar, no pudo parar. Te estoy hablando de un muchacho de 120 kilos después de estar moviéndose casi tres horas a pleno sol con 4000 grados de temperatura. No pudo parar. Se mandó todo el vino blanco. Fondo blanco.

Bueno, te imaginarás... te imaginarás el pedo tísico que se levantó ese muchacho. Una curda inmediata y espantosa, demencial. Una curda como para trescientas personas.
Casi no había desayunado, estaba sin almorzar, para colmo, el Gordo no era un tipo que tomara mucho alcohol, al menos que yo recuerde. Un poco de vino con la cena, nada más. Alguna copita de sidra. O a veces, en los bailes, alguno de esos tragos maricones como el gin tonic, pero con mucha más agua tónica que otra cosa.

¡El pedo que se agarró ese muchacho, Dios querido, el pedo que se agarró! No te digo que empezó a cantar boludeces, ni a caminar torcido, ni a vomitar contra las paredes, ni nada de eso. Pero entró a regalar todo lo que tenía a su alcance, se le dio por la beneficencia, le dio un ataque de comunismo acelerado. Primero terminó en cinco minutos con la existencia de caramelos y chocolatines que eran para toda la tarde...
¡Y después empezó a regalar los electrodomésticos! Empezó regalándole una tostadora eléctrica a un pendejo. Después le regaló un ventilador a la madre de otro de los pibes, después siguió con multiprocesadoras, veladores, hornos a microondas, etcétera...
Llamaba a la gente a los gritos, entraba al negocio y les daba algo, repartía, entregaba todo.
Y el empleado que se rascaba las bolas adentro del negocio ni se dio cuenta, debía estar en el fondo, en una oficinita que estaba detrás, arreglando papeles o apolillando una siesta mientras esperaba la hora en que el patrón llegaba.

Lo cierto es que, te imaginás, a los quince minutos en la puerta del negocio había un mundo de gente que venía de todas partes alertada por los otros que ya habían ligado algo de arribeño, por la mamúa del Gordo.
La gente pensaba que era una promoción del negocio o, en todo caso, se hacía la turra, cazaba los artefactos, se los llevaba y a otra cosa mariposa, si te he visto no me acuerdo, andá a cantarle a Gardel.
En eso aparece el dueño del boliche, un pelado con cara de amargo que llegó en su auto, un coche nuevo.
Y cuando el tipo se dio cuenta de lo que estaba pasando se puso loco, lógicamente se puso loco. Entró a gritar, a arrebatarles las cosas a la gente, a recuperar licuadoras, televisores portátiles, radios que la gente se llevaba. A los gritos ese hombre, desesperado, tironeando con los beneficiados.

Ante el despelote se despertó el empleado de adentro y salió cagando aceite a ayudarlo al pelado. Había tironeos, forcejeos, agarrones, hasta voló algún puñete. Y en eso llegó la cana, un patrullero que andaba de ronda.

En el despelote, cuando medio se enteró de cómo había venido la mano por lo que contaban los que se piraban con las licuadoras y todo eso, que gritaban que Papá Noel se las regalaba, el pelado les indicó a los policías que lo metieran en cana al Gordo, responsable de todo ese quilombo.

Y bien dice el Martín Fierro que no hay nada como el peligro para refrescar a un mamado. Ahí el Gordo se despejó, se dio cuenta, volvió a la realidad, se esclareció el Gordo.

Además, ya había vuelto a transpirar como un litro del vino blanco, me imagino, se había aliviado un poco de la tranca, y comprendió la cagada que se había mandado. Pero te conté que es un tipo manso, un tipo tranquilo que no se iba a poner a resistirse o a echarle la culpa a nadie. Supo que tenía la culpa, y entonces, todavía medio tambaleante, bajó la sabiola, se fue para adentro del negocio para cambiarse la ropa en el baño y meterse, derechito viejo, solito, adentro del patrullero.

Afuera seguía el desbole entre el pelado, su empleado, la gente y los canas que ahora también se habían unido a la tarea de recuperar todo lo que había regalado el Gordo.

El Gordo se fue al baño, se mojó la cara, cosa que terminó de despejarlo, se sacó esas pilchas de mierda de Papá Noel, se puso la ropa que había llevado en un bolsito y salió de nuevo a la calle.

Cuando salía para la calle –el negocio es bastante largo- lo ve venir al dueño con uno de los canas, desencajado el pelado, a las puteadas, buscándolo. Claro, lo ve al Gordo, sin el traje colorado, de camisita celeste y pantalones vaqueros, un bolso en la mano, el pelo negro achatado por el agua de la canilla, y no lo reconoce.

No lo reconoce porque tampoco era él quien lo había contratado sino la conchuda de su esposa. “¿Adónde está? ¿Adónde está?” me contaba el Gordo que preguntaba el pelado, que venía a los pedos con el policía. Y el Gordo pensó que se refería al traje de Papá Noel que se había sacado.

Yo no sé si el Gordo lo entendió así, seguía en curda o se hizo bien el boludo, la cosa es que señaló hacia el baño y el pelado y el policía se mandaron para allí. Cuando el Gordo salió a la calle todavía había un amontonamiento de gente y el otro empleado discutía con medio mundo reclamando facturas o recibos de compra.

Nadie lo reconoció entonces al Gordo, sin el disfraz. Incluso de última, el otro policía del patrullero que se había quedado afuera, lo encara al Gordo cuando el Gordo ya se piraba y el Gordo piensa: “Cagamos”.
Y el cana le pregunta “¿Ese bolso es suyo?”. El Gordo me contó que él le iba a decir la verdad, que sí, que era suyo.

Pero tuvo miedo de que el cana le hiciera más preguntas, o que se lo hiciera abrir y le dijo: “No, lo vengo a devolver”. Y se lo entregó, un bolso de mierda que después de todo a él no le servía para un carajo.
El Gordo se piró haciéndose el pelotudo, temeroso todavía de que alguien lo reconociese y lo mandara en cana cuando ya estaba a una cuadra.

Casi termina preso, el Gordo, mirá vos. Zafó porque la vieja que lo contrató tampoco sabía ni cómo se llamaba ni adónde vivía. Era un contrato basura, pero realmente basura el del pobre Gordo. Pero casi termina engayolado. Por tener que disfrazarse de Papá Noel con esos vestidos de invierno, podés creer.
Que los argentinos nos tengamos que vestir con ropa de abrigo en pleno verano porque a los yankis se les ocurrió que Santa Claus vende más que el Niñito Dios.
Eso le decía yo al Gordo, después, en el club. “El año que viene ofrecete para algún pesebre, Gordo. Por lo menos de Niño Dios te ponen en bolas en una cunita y te cagás de risa porque estás fresco.” Eso le decía yo, para joderlo.

“De lo único que puedo hacer yo en un pesebre viviente es de vaca, Zurdo –me decía el Gordo- De vaca”.
Pero por lo menos es un animal conocido, ¿no es cierto? Un bicho familiar al paisaje, el rumiante emblemático de la pampa húmeda, base de la riqueza de nuestro país. Algo nuestro... ¡Qué me vienen con que a los chicos les gusta Papá Noel, el trineo y los alces esos! Si mis pibes me vienen a pedir un alce de ésos les pongo tal voleo en el orto que aterrizan más allá de la Circunvalación del voleo que les pego, tenelo por seguro.

Ya bastante que el otro día les compré un conejo, un conejo de verdad, que es terriblemente pelotudo y lo único que hace es comer lechuga y cagarnos todo el patio. Y si me insisten con esas pelotudeces inventadas por los yankis que se vayan a vivir a Cincinnati, pendejos colonizados de mierda. Que a mí no me dicen el Zurdo al pedo, me lo dicen por tener una formación doctrinaria... ¡Pobre Gordo! Estuvo a punto de convertirse en una nueva víctima del capitalismo salvaje.

Roberto Fontanarrosa

martes, 9 de diciembre de 2014

GUSTAVO ROLDÁN: AMOR DE DRAGÓN

Cuando los dragones se aman se desatan los maremotos, los volcanes lanzan un fuego endemoniado y los huracanes largan una furia que hace pensar que ha llegado el fin del mundo. Por eso a veces, para amarse sin molestar a nadie, vuelan hasta el cielo más alto, donde las estrellas casi están al alcance de la mano.
Y los dragones creen que el mundo queda en calma. Pero se equivocan. Entonces caen rayos y centellas, el cielo parece desplomarse con truenos aterradores, las estrellas fugaces y los cometas de largas colas luminosas corren de un lado para el otro sembrando el pavor, y los tornados enfurecidos se tragan medio mundo.
O la luna o el sol parecen borrarse lentamente en el cielo y todos dicen que hay un eclipse, dando minuciosas explicaciones de cómo la tierra se coloca entre el sol y la luna o la luna delante del sol y etcétera etcétera.
Vanas explicaciones. Las dicen los que nunca miran bien. Si mirasen bien verían claramente la figura de dos dragones que se aman y que van tapando la luz de los astros según se acerquen o se alejen.
Cada vez que alguien piense que está llegando el fin del mundo sólo tiene que abrir los ojos de mirar bien. Los ojos grandes de mirar lejos. Y no creer en tonteras. Pero eso no es nada fácil.

Gustavo Roldán. Amor de dragón. Dragón. RHM SA. Bs. As., 2012

domingo, 30 de noviembre de 2014

JUAN MANUEL AGUIRRE: PUDIERA SER QUE RONDE

DESAFÍO

Pudiera ser que ronde
                          convocante
    un llamado tuyo con el alma

una hipótesis
             costura en mi
     nocturnidad deshilvanada

deambulando bajo lluvias
                                y esta luna
         sucia en sombras y de agua

suspendida en la penumbra
                                     imprecisa
                   de tu cielo de palabras.

Pudiera ser la noche
                      proyectada
de vos en mí como jugando

y de mí en tu boca
                             venerada
en abstracta dimensión de trashumancia

acunando esta miseria
                            algún destello
o el abrazo de una brisa perfumada

asumiendo el desafío
                           de grafismo

en plomiza y anacrónica distancia.

domingo, 16 de noviembre de 2014

JOSE SARAMAGO: DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO NOVEL (FRAGMENTO)

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.
Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama.
Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.
Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado.
Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera.
Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.
Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba.
Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?". Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.
Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.
Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza".
Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.
Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.
Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.
Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. 


miércoles, 22 de octubre de 2014

SALINGER: EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO

Jerome David Salinger (Nueva York, 1919 - Cornish, New Hampshire, 2010). Escritor estadounidense. Empezó su carrera literaria en 1940, con la publicación en diversas revistas de su país de relatos y piezas teatrales, que había escrito durante una estancia en Europa. En 1942 se alistó en el ejército y participó en diversas acciones bélicas, entre ellas el desembarco de Normandía. Durante su época de combatiente inició la redacción de su obra más conocida, El guardián entre el centeno (1951), novela escrita desde el punto de vista de un adolescente enfrentado a la hipocresía del mundo adulto, y que contiene grandes dosis de ironía. La obra obtuvo un éxito espectacular y fue rápidamente traducida a diversos idiomas. Le siguieron algunos volúmenes de relatos (Fanny y Zooey, 1961; Levantad, carpinteros, la viga del tejado, 1963; Seymour: una introducción, 1963), escritos desde un buscado aislamiento en una granja, donde vivió junto con su esposa y sus hijos.

Hijo de un rabino poco ortodoxo y de Marie Jillien, una cristiana descendiente de escoceses, J. D. Salinger estudió en las escuelas del upper west side de Manhattan. En septiembre de 1934 su padre lo inscribió en la academia militar de Valley Forge, Pennsylvania. Sin ser un alumno sobresaliente, sus notas fueron bastante satisfactorias, destacando en arte dramático. Poco se sabe del periodo transcurrido desde 1936, año en que se graduó en Valley Forge, hasta 1941. El mismo J. D. Salinger reconoció en la única entrevista que concedió en su vida que a los diecinueve años estuvo en Viena y Polonia.
El año 1938 fue crucial: se matriculó en la Universidad de Columbia para asistir a los cursos sobre técnicas del cuento corto que impartía Whit Burnett. Unos meses después, la revista Story, que dirigía el propio Burnett, publicaba el primer cuento suyo, The young folks. Salinger comenzó a ser conocido en 1948, gracias a algunos cuentos publicados fundamentalmente en el prestigioso The New Yorker y, tres años más tarde, como producto del resonante éxito de El guardián entre el centeno, tal vez una de las más bellas narraciones de iniciación que se hayan escrito nunca. Esta novela, cuyo protagonista es el legendario Holden Caulfield (especie de Huck Finn de la clase media americana) es la más importante por cuanto ha reflejado mejor que ninguna a la juventud americana y ha contribuido a modelarla.
Salinger escribió posteriormente una serie de relatos que reunió en un libro también muy elogiado, Nueve cuentos (1953), algunos de cuyos textos se consideran antológicos, como "Un día perfecto para el pez banana", donde el personaje central se mata por un exceso de felicidad, o "Para Esmé, con amor y escualidez". En ellos, el autor crea atmósferas extrañas, casi irreales y sin embargo enclavadas en la cotidianeidad norteamericana, con sus suicidas y sus personajes atormentados o trágicamente felices. Sus cuentos, a pesar de desarrollarse en un estilo terso y realista, producen la impresión de una escritura que se examina a sí misma, no en el sentido paródico o de metaficción, sino más bien como una conciencia colectiva que encarnara en el narrador. Salinger, por otra parte, anticipa en ellos las nuevas maneras de contar que se manifestarían en las generaciones subsiguientes.
Además de los ya mencionados, escribió también algunos relatos más largos, de una extensión que oscila entre el cuento y la novela, que son otras tantas obras maestras de ambigüedad y extrañamiento, como Levantad, carpinteros, la viga del tejado (1963). A partir de este último año interrumpió su relación con los medios de comunicación, con lo cual dejó de conceder entrevistas y no hizo declaraciones de ningún tipo. En 1965, el semanario The New Yorker publicó su última narración, Hapworth 16, 1924, reeditada como volumen independiente en 1996.
El guardián entre el centeno
La primera y única novela de J. D. Salinger, El guardián entre el centeno (1951), contó con un unánime reconocimiento que en el más de medio siglo transcurrido desde su publicación la ha convertido en un auténtico clásico contemporáneo; su protagonista, Holden Caulfield, es a su vez una de las escasas figuras canónicas de la literatura actual.
En el estilo de las "novelas de aprendizaje" juveniles, la historia trata de un adolescente rebelde, precoz e inocente. Cree todavía en algunas verdades, pero sus experiencias contrastan con el exterior duro y sarcástico de la vida neoyorquina, lo que acaba conduciéndolo a la consulta del psiquiatra. Este tipo de novelas de adolescentes problemáticos e ingenuos surgió en un período de la historia de Estados Unidos en el que los narradores intentaron describir la impotencia de los seres humanos ante la nueva sociedad de masas, y la imposibilidad de mantener en esas circunstancias una sensibilidad individualizada.
En la tradición de las Aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, en El guardián entre el centeno (O El cazador oculto, como también se ha traducido), Holden Caulfield relata en primera persona su particular peripecia durante los dos días siguientes a su expulsión del colegio: su periplo por hoteles de mala muerte, sus encuentros con antiguos amigos, acompañado siempre por situaciones que lo ponen en aprietos. Holden, con su perpetua visera roja, da vueltas por las calles de Nueva York, abandonado por el mundo de adultos que lo rodea.

sábado, 11 de octubre de 2014

MARCO POLO: LA PROVINCIA DE CANGIGU

Cangigu (*) es una provincia ubicada hacia el Levante y sus reyes, pues hay varios en distintas zonas, son tributarios del Gran Kan, a quien rinden vasallaje y pagan sus diezmos.
El Rey de Cangigu es un individuo de una lujuria insaciable y posee en la actualidad trescientas mujeres. Esta excesiva cantidad se va renovando continuamente, pues tiene agentes que le descubren a todas las mujeres hermosas de su reino para ser incorporadas inmediatamente a su harén.
Existe en esta provincia mucha cantidad de oro y de finas especias, pero como se hallan muy alejados del mar, pocos son los mercaderes que vienen a comprar estos productos, por lo cual se desvalorizan. Tienen en gran cantidad elefantes, bueyes y ciervos y plantan con relativo rendimiento arroz y cebada. Se alimentan especialmente de arroz y carne proveniente de la caza menor. No poseen vides, pero suplen el vino con una bebida que hacen con el arroz macerado y que es muy fuerte.
Tanto los hombres como las mujeres de este país acostumbran pintarse el rostro con tintes vegetales, asimismo son afectos al tatuaje, y es dable ver a hermosas mujeres con la cara afeada por este procedimiento. Los hombres se tatúan también los brazos y el pecho, dibujándose dragones, osos, águilas, peces, aves, mariposas y otros elementos naturales. Este tatuaje se tiene por signo de distinción, belleza y nobleza.

(*) Situada en la región de Laos. Perteneció a la Indochina Francesa hasta que se independizó formando tres Estados: Vietnam, Laos y Camboya.

De: "Los viajes de Marco Polo relatados por él mismo". Bs. As.:Claridad, 2006.

FOTOGRAFÍA: FACEBOOK/DE MOCHILA (Hernán De Simone/ Ludmila Drudi)