domingo, 16 de noviembre de 2014

JOSE SARAMAGO: DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO NOVEL (FRAGMENTO)

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.
Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama.
Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.
Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado.
Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera.
Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.
Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba.
Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?". Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.
Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.
Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza".
Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.
Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.
Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.
Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. 


miércoles, 22 de octubre de 2014

SALINGER: EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO

Jerome David Salinger (Nueva York, 1919 - Cornish, New Hampshire, 2010). Escritor estadounidense. Empezó su carrera literaria en 1940, con la publicación en diversas revistas de su país de relatos y piezas teatrales, que había escrito durante una estancia en Europa. En 1942 se alistó en el ejército y participó en diversas acciones bélicas, entre ellas el desembarco de Normandía. Durante su época de combatiente inició la redacción de su obra más conocida, El guardián entre el centeno (1951), novela escrita desde el punto de vista de un adolescente enfrentado a la hipocresía del mundo adulto, y que contiene grandes dosis de ironía. La obra obtuvo un éxito espectacular y fue rápidamente traducida a diversos idiomas. Le siguieron algunos volúmenes de relatos (Fanny y Zooey, 1961; Levantad, carpinteros, la viga del tejado, 1963; Seymour: una introducción, 1963), escritos desde un buscado aislamiento en una granja, donde vivió junto con su esposa y sus hijos.

Hijo de un rabino poco ortodoxo y de Marie Jillien, una cristiana descendiente de escoceses, J. D. Salinger estudió en las escuelas del upper west side de Manhattan. En septiembre de 1934 su padre lo inscribió en la academia militar de Valley Forge, Pennsylvania. Sin ser un alumno sobresaliente, sus notas fueron bastante satisfactorias, destacando en arte dramático. Poco se sabe del periodo transcurrido desde 1936, año en que se graduó en Valley Forge, hasta 1941. El mismo J. D. Salinger reconoció en la única entrevista que concedió en su vida que a los diecinueve años estuvo en Viena y Polonia.
El año 1938 fue crucial: se matriculó en la Universidad de Columbia para asistir a los cursos sobre técnicas del cuento corto que impartía Whit Burnett. Unos meses después, la revista Story, que dirigía el propio Burnett, publicaba el primer cuento suyo, The young folks. Salinger comenzó a ser conocido en 1948, gracias a algunos cuentos publicados fundamentalmente en el prestigioso The New Yorker y, tres años más tarde, como producto del resonante éxito de El guardián entre el centeno, tal vez una de las más bellas narraciones de iniciación que se hayan escrito nunca. Esta novela, cuyo protagonista es el legendario Holden Caulfield (especie de Huck Finn de la clase media americana) es la más importante por cuanto ha reflejado mejor que ninguna a la juventud americana y ha contribuido a modelarla.
Salinger escribió posteriormente una serie de relatos que reunió en un libro también muy elogiado, Nueve cuentos (1953), algunos de cuyos textos se consideran antológicos, como "Un día perfecto para el pez banana", donde el personaje central se mata por un exceso de felicidad, o "Para Esmé, con amor y escualidez". En ellos, el autor crea atmósferas extrañas, casi irreales y sin embargo enclavadas en la cotidianeidad norteamericana, con sus suicidas y sus personajes atormentados o trágicamente felices. Sus cuentos, a pesar de desarrollarse en un estilo terso y realista, producen la impresión de una escritura que se examina a sí misma, no en el sentido paródico o de metaficción, sino más bien como una conciencia colectiva que encarnara en el narrador. Salinger, por otra parte, anticipa en ellos las nuevas maneras de contar que se manifestarían en las generaciones subsiguientes.
Además de los ya mencionados, escribió también algunos relatos más largos, de una extensión que oscila entre el cuento y la novela, que son otras tantas obras maestras de ambigüedad y extrañamiento, como Levantad, carpinteros, la viga del tejado (1963). A partir de este último año interrumpió su relación con los medios de comunicación, con lo cual dejó de conceder entrevistas y no hizo declaraciones de ningún tipo. En 1965, el semanario The New Yorker publicó su última narración, Hapworth 16, 1924, reeditada como volumen independiente en 1996.
El guardián entre el centeno
La primera y única novela de J. D. Salinger, El guardián entre el centeno (1951), contó con un unánime reconocimiento que en el más de medio siglo transcurrido desde su publicación la ha convertido en un auténtico clásico contemporáneo; su protagonista, Holden Caulfield, es a su vez una de las escasas figuras canónicas de la literatura actual.
En el estilo de las "novelas de aprendizaje" juveniles, la historia trata de un adolescente rebelde, precoz e inocente. Cree todavía en algunas verdades, pero sus experiencias contrastan con el exterior duro y sarcástico de la vida neoyorquina, lo que acaba conduciéndolo a la consulta del psiquiatra. Este tipo de novelas de adolescentes problemáticos e ingenuos surgió en un período de la historia de Estados Unidos en el que los narradores intentaron describir la impotencia de los seres humanos ante la nueva sociedad de masas, y la imposibilidad de mantener en esas circunstancias una sensibilidad individualizada.
En la tradición de las Aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, en El guardián entre el centeno (O El cazador oculto, como también se ha traducido), Holden Caulfield relata en primera persona su particular peripecia durante los dos días siguientes a su expulsión del colegio: su periplo por hoteles de mala muerte, sus encuentros con antiguos amigos, acompañado siempre por situaciones que lo ponen en aprietos. Holden, con su perpetua visera roja, da vueltas por las calles de Nueva York, abandonado por el mundo de adultos que lo rodea.

sábado, 11 de octubre de 2014

MARCO POLO: LA PROVINCIA DE CANGIGU

Cangigu (*) es una provincia ubicada hacia el Levante y sus reyes, pues hay varios en distintas zonas, son tributarios del Gran Kan, a quien rinden vasallaje y pagan sus diezmos.
El Rey de Cangigu es un individuo de una lujuria insaciable y posee en la actualidad trescientas mujeres. Esta excesiva cantidad se va renovando continuamente, pues tiene agentes que le descubren a todas las mujeres hermosas de su reino para ser incorporadas inmediatamente a su harén.
Existe en esta provincia mucha cantidad de oro y de finas especias, pero como se hallan muy alejados del mar, pocos son los mercaderes que vienen a comprar estos productos, por lo cual se desvalorizan. Tienen en gran cantidad elefantes, bueyes y ciervos y plantan con relativo rendimiento arroz y cebada. Se alimentan especialmente de arroz y carne proveniente de la caza menor. No poseen vides, pero suplen el vino con una bebida que hacen con el arroz macerado y que es muy fuerte.
Tanto los hombres como las mujeres de este país acostumbran pintarse el rostro con tintes vegetales, asimismo son afectos al tatuaje, y es dable ver a hermosas mujeres con la cara afeada por este procedimiento. Los hombres se tatúan también los brazos y el pecho, dibujándose dragones, osos, águilas, peces, aves, mariposas y otros elementos naturales. Este tatuaje se tiene por signo de distinción, belleza y nobleza.

(*) Situada en la región de Laos. Perteneció a la Indochina Francesa hasta que se independizó formando tres Estados: Vietnam, Laos y Camboya.

De: "Los viajes de Marco Polo relatados por él mismo". Bs. As.:Claridad, 2006.

FOTOGRAFÍA: FACEBOOK/DE MOCHILA (Hernán De Simone/ Ludmila Drudi)

martes, 7 de octubre de 2014

GALEANO: OCTUBRE 8

Octubre 8
Los tres

En 1967, mil setecientos soldados acorralaron al Che Guevara y a sus poquitos guerrilleros en Bolivia, en la Quebrada del Yuro. El Che, prisionero, fue asesinado al día siguiente.
En 1919, Emiliano Zapata había sido acribillado en México.
En 1934, mataron a Augusto César Sandino en Nicaragua.
Los tres tenían la misma edad, estaban por cumplir cuarenta años.
Los tres cayeron a balazos, a traición, en emboscada.
Los tres, latinoamericanos del siglo veinte, compartieron el mapa y el tiempo.
Y los tres fueron castigados por negarse a repetir la historia.

Eduardo Galeano. Los hijos de los días. Siglo Veintiuno Editores. 2012.


jueves, 25 de septiembre de 2014

JUAN MANUEL AGUIRRE: A ALEJANDRA PIZARNIK

                                     BAJOFONDO DE LILAS

                                                                                   A Alejandra Pizarnik

                                                                  “La soledad sería esta melodía rota de mis frases(A. P.)


Te descubro en esa esquina
de la noche
ahogada de silencio

desnuda de ropa y vestida de palabra
entre los dedos,
envuelta en tu blanca sábana de miedo

con tu sueño de barco
que te hiciera
surcar mares y los puertos

salteándote tanta ausencia
como vuela un pez de viento,
malo sueño, mal agüero

¿Quién te heredó, me pregunto
           tanta muerte anticipada?
¿Quién te dejó lastimada, toda niña
            juventud descascarada
entre un muro y un espejo, desolada
             fotofóbica obstinada?

invadida de insomnio
musgo y lágrima,
torpemente atormentada

cuando aquellos soles negros
acuchillando tus letras
demandaban luz de luna, fluorescencia

en un bajo fondo lila, habitable
puerta abierta
con caricia que no alcanza

y tanto amor mal parido
que no llega, ni se queda

                           ni te salva.

JUAN MANUEL AGUIRRE

ALEJANDRA PIZARNIK: FRAGMENTOS

Un 25 de septiembre de 1972 se despedía de este mundo Alejandra Pizarnik. Para muchos de nosotros sigue jugando con palabras en alguno de sus electos rincones oscuros. Compartimos algunos de sus ecos:
Perdida en el silencio
de las piedras fantasmas.
¿Quién es el heredero del viento,
quién me llena la boca de días,
quién hace que yo viva?

¿Quién prueba una verdad
en mi dolor sin fondo?

¿Quién me ha exiliado con los que cantan?
¿Quién me perdió en el silencio
de las palabras fantasmas?
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así iba yo devorando tinieblas
una flor en mi mano de sonámbula
una sonrisa ajena pegada a mis labios
mi cuerpo desnudo como una palabra
mis deseos abrazados a su imagen
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Antiguamente mis ojos buscaron refugio en las cosas humilladas, desamparadas, pero en amistad con mis ojos he visto, he visto y no aprobé.
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La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje. La soledad sería esta melodía rota de mis frases.

domingo, 14 de septiembre de 2014

DIANA BELLESSI: DETRÁS DE LOS FRAGMENTOS

Poesía en su propia voz, fragmento del film "El jardín secreto", pura poesía en este enlace:http://www.youtube.com/watch?v=1BbcuMxBKh8

Diana Bellessi (ZavallaSanta Fe, Argentina1946) es una poeta argentina. Es, junto a autores como Arturo CarreraIrene GrussJavier AdúrizJorge AulicinoDaniel FreidembergMaría Teresa Andruetto o María del Carmen Colombo, una de las más valoradas representantes de la poesía argentina posterior a la Dictadura militar (1976-1983).