domingo, 27 de julio de 2014

JUAN MANUEL AGUIRRE: TRIBUTO A UN AMANECER DE MAYO


Éramos unos cuantos los que lo vimos. Fue poco después de las seis de la mañana de aquel día de mayo, cuando muchos íbamos a trabajar procurándonos lugar en algún medio de transporte ya repleto.
Yo estaba caminando cuando lo vi, a pocas cuadras de la estación de trenes. Apareció volando sobre la avenida, unos metros por encima de cables y carteles. Visto desde abajo era gris claro y reflejaba con cierta fosforescencia las luces de mercurio. Enorme, planeaba como un cóndor pero era más grande que las aves de Los Andes, sin embargo parecía muy ágil y seguro moviéndose en plena urbe. Me estremeció escuchar cómo cortaba el aire helado del otoño con su vuelo.
Velozmente, remontó unos metros antes de frenar, quedando como crucificado en un cielo plomizo de fondo, y girar hacia el paso a nivel. Ahí le vi las patas con garras enormes y esa especie de cola que usó como timón y me hizo pensar que se trataba de un dragón, que es como ahora todos lo llaman cuando hablan del asunto.
Yo corrí de curioso, en un principio más fascinado que asustado. Entonces lo vimos bajar a metros de las vías, flotando con las alas extendidas como un parapente. Puede decirse que era un pájaro, pero en vez de plumas tenía escamas; su cabeza era alargada, como suelen dibujarse a los pterodáctilos, y tenía una cresta con forma de corona. Su lomo era del color verde azulado de los pavos reales.
Creo que yo fui el que más cerca estuvo, pero ninguno llegó a menos de diez metros cuando rodeamos la escena. En lo hipnótico del espectáculo, temor y vulnerabilidad brotaban de nuestros cuerpos, aun así la admiración y el respeto que inspiraba la bestia eran mayores.
El silencio se impuso y todos nos quedamos quietos, congelados, tratando de entender. El fantástico animal actuó como sabiendo perfectamente lo que hacía, dominando la situación; a las claras vino ahí y a eso. Cuando se posó en la vereda, la temperatura ambiente bajó aun unos grados más.
El dragón dio unos saltos cortos, haciendo equilibrio, hacia ese rincón húmedo y oscuro, y de entre un bulto de cartones y mantas arruinadas tomó entre sus garras el cuerpo de aquella señora que hacía tiempo pasaba las noches ahí y que durante los días mendigaba comida o lo que quisieran darle; en algunas fechas especiales vendía flores y todo el mundo la conocía, aunque nadie sabía de dónde había venido ni cuándo.
Con su presa inerte entre las garras, sin una mínima reacción en esas manos blancas y desnudas que se arrastraron sobre el suelo, la mirada fría de aquel fantástico ser viró a ternura profunda. Lenta y majestuosamente extendió las alas, tomó impulso con un salto y salió volando para el lado del río, como queriendo llegar lo antes posible al lugar por donde un sol tibio y cansado a duras penas comenzaba a extender sus brazos ancianos, como esperando un tributo ineludible de esta raza tantas veces injusta, indiferente, mezquina.

lunes, 30 de junio de 2014

GALEANO: EL FUTBOL A SOL Y SOMBRA (fragmentos)

El fútbol

La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable.
A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia
que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

¿El opio de los pueblos?
¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que el tienen muchos intelectuales.
En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de «las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan». Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del ’78.
El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la
pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.
En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su
energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.
Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes
populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales.
La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad
infantil a los pueblos oprimidos.
Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros
anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al
club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo,
no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia.
Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió «este reino de la lealtad humana ejercida al
aire libre».

FONTANARROSA: MEMORIAS DE UN WING DERECHO

Y aquí estoy. Como siempre. Bien tirado contra la raya. Abriendo la cancha. Y eso no me enseño nadie. Son cosas que uno ya sabe solo. Y meter centros o ponerle al arco como venga. Para eso son wines. No me vengan con eso de wing “ventilador” o wing “mentiroso” o las pelotas. Arriba y contra la raya.
Abriendo la cancha para que no se amontonen los forwards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él... ¿para qué m... juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso le sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la “holandesa” o la brasileña y otras estupideces.
¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me saca de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha... Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como 6.800. Yo solo... ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque Maradona hizo cien. Cien yo hago en una temporada. Y en verano, cuando los pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo... Maradona... ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro. debe llevar más de 12.000 goles. por debajo de las patas... Y...¡el tipo está ahí!
donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica. Pelota que recibe, ¡Pum! adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca no es maño tampoco. Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más de un partido, eh! Yo no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la pelota adentro del arco.
Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como 12.000 goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace 25 años, 25 años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos escegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que está saltando todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo está ésta cancha! ¡Qué lástima! Qué poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable. Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy, lo que era ese día! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva había comprado el metegol.
Yo había escuchado desde abajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o tomarse un fernet antes de cenar. Pero... ¡qué!... apenas los muchachos vieron el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo adentro.
¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre 20 y 25 años personal viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.
¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que se movía, dije: “Hoy vamos a andar bien”. porque también es importante el tipo que a uno le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo, ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta si conoce o no. Es una cuestión de experiencia , nada más. No es que uno sea sabio. Escúcheme, usted ve un tipo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo juega al fútbol. No tiene necesidad ni de verlo correr. ¡Por favor! Pero ese día se ve que el tipo conocía. No era ni improvisado ni uno que agarra la manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De esos que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija. Y usted los escucha gritar: “¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!”. Hay que aguantar cada cosa. ¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como 30.000 clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquél día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para adelante la rompimos, la hacíamos de trapo. “Tachola”, me acuerdo que se llamaba el que tenía la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y además porque durante cuatro años vuelta a vuelta venía al club y jugaba. ¡Cómo sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida. Cuando llegaba en pedo yo me daba cuenta porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan bien porque el que manajaba a los tres era un salame. Un paspado. Pero con los de adelante bastaba.
No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos. tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las serví al nueve, al morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el corner y se me vino. Ibamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La puse debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la masé y un par de veces amagué el puntazo, pero el fullback me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz le sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio. Y el nueve, sin pararla ché, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco. ¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha y ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro que me grita: “¡Ah!”. Y se la toqué. Lo mató al Negro. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido fue ése! Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como “pluic” “plinc” , “clun” y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Esa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. El fútbol. La única verdad.
¡Por favor!

LUIS PESCETTI: PARTIDO (de "Nadie te creería")

- Va a sacar el arquero Porta. Saca, la pelota va a mitad de la cancha, la para Tucconi. La para Tucconi, que está marcado por el número diez, Hans; pero elude la marcación y avanza a toda carrera. Queda pagando Hans ante la fineza de nuestro estilo latino.
- Es que nosotros entrenamos desde chicos en campitos, Fernández, es otro concepto.
- Exacto. Atención: ¡Entra Tucconi en el área! Se adelanta el arquero alemán a bloquearlo; Tucconi se prepara para patear y… ¡Atención, atención! Pasa algo. ¿Usted ahí nos puede informar, Sánchez?
-Sí, Fernández, Tucconi iba a patear y se le salió el pie izquierdo.
-¿Perdón?
- Que se le salió el pie izquierdo. El juego se detiene un minuto.
- ¿Tucconi se pone el pie ahí mismo?
.Sí, Fernández, la presencia del médico es porque el arquero alemán se descompuso. Ellos no están acostumbrados a nuestro estilo, Fernández.
- Gracias, Sánchez. Se va a reanudar el juego, señores. Aquí en el estadio de La Marquesa, un domingo. Alemania cero, Nueva Sinópolis, cero. ¡Comenzó el juego! Toma carrera Tucconi, patea, sale un poco desviado el tiro. Cabeza del defensor Mhöels que saca de la cancha y es tiro esquina. Tiro de esquina favorable a Nueva Sinópolis. ¿Qué pasa, Sánchez?
- En el apuro Tucconi se colocó el pie al revés y pegó un talonazo de aquéllos. Ahora ya se lo acomodó. Al ver… sí, confirmado, Fernández, se descompuso. Es que Tucconi se acomodó el pie enfrente suyo.
- Gracias, Sánchez. El tiro de esquina lo va a ejecutar el número diez, Ventura. ¡Patea! ¡Hermoso tiro! ¡Cabecea Marino! ¡Gol! ¡Gol! ¡Go… un momento! Sánchez, ¿por qué vemos a esos jugadores alemanes descompuestos?
- No, Fernández. Lo que ocurrió es que el tiro de Ventura fue fuerte y, al cabecear, Marino…
- ¿Se le salió la cabexa?
- … exactamente, que fue lo que realmente entró en el arco. Eso descoloca a los alemanes que son muy estructurados.
- Están acostumbrados a otro tipo de juego.
- Más que nada eso, Fernández.
- ¿Qué sucede ahora?
- El número ocho, Ripassi, fue a calmar a uno de los alemanes y, cuando lo saludó, dejó la mano en la del alemán. Se le salió la mano, Fernández.
- Eso está mal por parte de Ripassi. Si él ve que los alemanes reaccionan, no tiene por qué hacer ese chiste.
- Lo que sucede, Fernández, es que los alemanes tampoco ponen nada de su parte, Ripassi se colocó la mano pero el alemán sigue histérico.
- No es deportivo, Sánchez, no es deportivo.
- Desde acá veo al arquero del Nueva Sinópolis que se sacó uuna pierna para llamar la atención. No es deportivo, Sánchez, no es juego limpio.
- Son las pequeñas picardías que tiene el deporte, Fernández, ellos deberían adaptarse. Saben que están en cancha ajena, otro país, otras costumbres, lo saben, no pueden hacerse los nerviosos.
- ¿Cuál es la actitud del árbitro?
- En este momento le saca la lengua al número once, Revolta.
- ¿Se burla del jugador?
- No, Revolta iba con su lengua en la mano molestando al diez alemán, Hans.
- Eso está muy mal, porque una cosa es que a uno se le salga un pie y otra muy distinta es provocar a un jugador que nos visi…
- ¡Fernández! ¡Fernández! ¡Perdón que lo interrumpa!
- ¿Sí?
- El cuatro alemán empujo a Tucconi y el árbitro quiso detenerlo, pero al soplar el silbato, se le Salió la nariz al árbitro, Fernandez.
- Bueno, esas cosas pasan.
- Y ahora los alemanes se retiran de la cancha, Fernández. Atención, ¡el equipo alemán, se está re-ti-ran-do! ¡Se está re-ti-ran-do de la cancha!
- ¡Qué mal, por ellos! El público los abuchea. Entran policías con escudos para proteger a los jugadores alemanes de los proyectiles que les arrojan desde las tribunas.
- No son proyectiles, Fernández, son orejas, manos, dedos. Acá a mi lado acaba de caer una rodilla, que parece de dama. Sí, confirmo: una rodilla de dama. Cae de todo, Fernández: pies, ojos. La gente está furiosa, furiosa, Fernández, por la interrupción del espectáculo deportivo. Acá delante de mí veo caer vestidores. ¡Caramba, Fernández! Un pedazo de hígado dio de lleno en la cara del arquero alemán. Discúlpeme que haya sonreído, Fernández, pero qué puntería, le dio en plena cara.
- No, Sánchez, es una reacción natural. Si bien la actitud de nuestros muchachos fue un poco alegre, digamos, el equipo alemán no tenía por qué interrumpir el espectáculo deportivo y no puede ser que uno de los equipos se retire porque sí.
- Lo que ocurre, Fernández, es que los alemanes están acostubrados a otro estilo.
- Es lo que usted dijo, Sánchez, no se adaptaron. No supieron adaptarse.

lunes, 19 de mayo de 2014

HORACIO QUIROGA: DECALOGO DEL PERFECTO CUENTISTA

I- Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.
II- Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III- Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV- Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V- No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI- Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII- No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII- Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX- No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino

X- No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

lunes, 28 de abril de 2014

GIRONDO: ESPANTAPÁJAROS 16

A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó. A mí me encanta la transmigración.
Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.
Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.
¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace cosquillas!
Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho? Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el carro”?...
Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.
Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.
Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.
¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los remansos.... y de los camaleones!...
¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los de las madreselvas?
Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil, jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un mismo esqueleto y un mismo sexo.
Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!— el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más larga y más aburrida que cualquier otra?
Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.

miércoles, 16 de abril de 2014

LUIS GRUSS: VALPARAISO I


Debe ser el viento que empieza a soplar y soplar al mediodía. De pronto arrasa y se adueña del lugar. Los marineros se encierran a beber algo en las tabernas gastadas del centro. Las putas se asoman a los balcones y descuelgan blusas y bombachas recién lavadas para que no se las lleve el duro ventarrón. Pasado el peligro Valparaíso se ilumina como la torta de un gigante en decadencia. Los cerros que bordean la costa titilan como constelaciones y en las calles se exhiben pescados largos y lustrosos. A esa hora, mientras los buques esperan turno para entrar al puerto, la multitud empieza a ralear. En las caletas hay música, olor a pis y lámparas de cabaret. Y en la escollera hay hombres silenciosos que miran el mar porque no pueden ya dormir. En los cerros las casas cuelgan del aire y ahí van a seguir hasta que algún día, hoy, el fuego se las lleve. Al llegar la noche los pobladores sobreviven en estado de rara somnolencia. A lo lejos se oye el oscuro y  persistente chirriar de los viejos ascensores. Los fantasmas suben y se alejan para mirar, desde muy alto, el esplendor indescriptible del puerto más hermoso de la tierra.