viernes, 28 de febrero de 2014

JUAN MANUEL AGUIRRE: CRÓNICA DE UN VIAJE A CUBA (III)

Capítulo 5: CIENFUEGOS Y RANCHO LUNA.

Cienfuegos es un pueblo tranquilo, con su plaza central rodeada de edificios bajos en proceso de restauración y que muestran la influencia de inmigrantes franceses llegados en otros tiempos. Como La Habana, también está sobre una bahía y tiene un malecón frente al cual nos hospedamos, en la casa de una familia muy reservada. Este malecón, especie de costanera, se aleja del centro y termina en una península a la que llaman “La Punta”, lugar donde una tarde, tomando mate, nos sorprendió una bellísima puesta de sol.
Al otro día fuimos en ómnibus local hasta una playa llamada Rancho Luna. Como en enero el clima es frío para los cubanos y no es mes de vacaciones, prácticamente no van a la playa, por lo que en muchas de ellas uno puede encontrarse sólo con algunos extranjeros e incluso con nadie. Esto nos pasó en Rancho Luna. A lo largo de kilómetros de playa, durante todo el día, sólo nos cruzamos ocasionalmente con unas pocas personas. Si bien llegamos en un ómnibus cargado y bullicioso, apenas bajamos la gente y el bullicio se desvanecieron, se escurrieron en un instante como arena entre los dedos dejando únicamente la presencia de una brisa en el aire que invitaba a la contemplación, a la introspección, al relax.
Se trataba de un caserío silencioso, como dormido, más un hotel y un par de puestos de comida cerrados, en una zona de médanos que se extendían sin poder precisarse hasta donde. Todo parecía bien cuidado pero absolutamente fuera de temporada, sin un alma bajo un sol que hacía el efecto de borronear un poco las cosas.
Con tanta playa y silencio disponibles nos sentíamos en el paraíso; en el mar calmo uno podía adentrarse unos cien metros y el agua no subía de la cintura. Cangrejos, estrellas de mar y aves buscaban ser discretos. Fue una jornada maravillosa, de reposo, un regalo de la vida. Avanzado el día, el mismo sol de la tarde anterior rodó un poco por el agua antes de zambullirse lentamente en el horizonte.
Un rato después, todavía encantados, con el día despidiéndose caímos en la cuenta de que era hora de emprender el regreso a Cienfuegos. Con las almas renovadas caminamos hasta una esquina sobre la calle principal para esperar el ómnibus. Pasaron unos cuantos minutos hasta que llegamos a la conclusión de que, literalmente, no había un alma en ese lugar. Cierta preocupación nos empezó a invadir, no parecía haber ni a quién hacerle una pregunta.
Para ponerle movimiento a la situación decidimos caminar un poco en dirección hacia donde debía venir el ómnibus, así fue como a unos doscientos metros descubrimos un puñadito de personas que parecían esperar lo mismo que nosotros bajo unos árboles. Fuimos hasta ahí. Al llegar nos encontramos con cuatro o cinco turistas, argentinos, que estaban en la misma situación y con la misma incertidumbre. Al menos teníamos de qué hablar. A uno, alguien le había comentado que el último ómnibus ya había vuelto a Cienfuegos hacía unas horas y que la única alternativa posible era un camión que, “en una de esas”, salía para allá.
La noche se imponía inevitable, con aire de sentencia; aunque nada se moviera en Rancho Luna el tiempo seguía pasando, ya no teníamos nada para comer ni aparentemente donde conseguir aunque sea agua para mates; cierta sensación de angustia empezaba a amargar lo que hasta la caída del sol había sido un día mágico. ¿Qué hacer? ¿A quién buscar? ¿Y si alguno se alejaba y aparecía el vehículo? ¿Cómo alcanzar la tranquilidad de estar en nuestros hospedajes? ¿Éramos los únicos responsables de esa situación por no volver en ómnibus a las cuatro de la tarde?
Las primeras estrellas miraban con curiosidad si resolvíamos el asunto o nos dejábamos ganar por la circunstancia, abandonados a la intemperie. Recriminarse por lo vivido no tenía sentido, estábamos ahí, había que mirar para adelante. Calculamos que volver caminando podía llevarnos unas cinco horas pero nos fuimos convenciendo de que era la mejor alternativa. Al menos éramos un grupo de compatriotas con muchas cosas en común y, por delante, la anécdota de una peregrinación nocturna en tierras cubanas.
Parados en el medio de la ruta, con un pueblo fantasma más quieto y silencioso que nunca a nuestro alrededor y un horizonte de médanos cada vez más oscuros al frente, cargamos nuestras mochilas como si se tratara de nuestros propios destinos y nos dispusimos a buscar el resplandor de Cienfuegos en el vientre de la noche, como viajeros de otro tiempo, como dignos luchadores de la vida, como buscadores de sueños.
A los cinco minutos de haber dejado atrás el caserío oímos un motor tosiendo a nuestras espaldas. Y cinco minutos más tarde cantábamos sonrientes en la caja del camión que nos dejaría en la puerta del hospedaje media hora más tarde.

Capítulo 6: TRINIDAD.

Ese enero parecía que la ciudad de moda para el turismo era Trinidad. Había razones: un centro colonial con edificios restaurados y coloridos y algunas calles empedradas la hacían atractiva, con encanto. Distintos detalles de Trinidad me hicieron acordar, por distintas razones y en distintos momentos, a otros lugares: Colonia del Sacramento, San Telmo y La Boca, Tilcara, incluso alguna postal de Antigua-Guatemala… todo eso junto. Pero también, al ser muy concurrida, estar ahí era complejo en algunos aspectos: costaba encontrar hospedaje o dónde comer a un precio accesible y todo el tiempo era posible cruzarse con alguien tratando de vender algo o simplemente pidiendo dinero.
Al llegar, salir de la terminal de ómnibus fue caótico, porque eran muchos los que ofrecían a la vez “el mejor hospedaje al mejor precio posible”. Mi compañera y yo no sabíamos a quién seguir y tampoco queríamos desilusionar a nadie. Sin embargo, los lugares que llegamos a ver no nos convencieron por los montos exigidos. En este punto es importante aclarar que si bien éramos turistas, no éramos el tipo de turista que más le conviene al cubano, ya que nuestras posibilidades económicas eran limitadas y teníamos más o menos claro qué podíamos pretender. Por esto, y porque la oleada de ofertantes siguió buscando gringos con más dinero y menos pretensiones, después de un rato nos quedamos solos.
Con un poco de preocupación por las predicciones del estilo “si no se quedan acá no van a encontrar nada, no hay hospedajes disponibles en Trinidad”, enfilamos por una calle tratando de alejarnos un poco del gentío. Enseguida encontramos la tranquilidad típica de un pueblo, la calma de la siesta, un gato y unos perros fiaquentos compartiendo la sombra en la vereda. Algunas miradas curiosas detrás de unas ventanas y el audio de la telenovela de la tarde brotando de las casas.
Después de varias cuadras paramos en una esquina a tomar agua. Creo que no queríamos mirarnos a los ojos para no tener que decir “nos quedamos sin hospedaje” o “vamos a tener que pagar lo que sea” cuando una señora con cara de abuela buena y una bolsa con verduras se acercó y nos preguntó si buscábamos dónde dormir. Le dijimos que sí y nos comentó que en la casa de su hijo había lugar disponible, “¿por cuánto?” fue nuestra pregunta, “eso lo arreglan con él” y aseguró “pero no va a haber problema”.
La casa era linda y estaba bien ubicada. El dueño, Raúl, nos dijo que al precio lo pusiéramos nosotros (el mismo de Cienfuegos nos pareció bien) y la única condición que puso fue que en algún momento nos sentáramos a conversar con él, sobre Argentina, sobre el mundo, sobre otras cosas que lo sacaran un poco de su vida cotidiana, de su rutina.
En esos días conocimos Trinidad a pie, su casco histórico, sus suburbios y sus afueras, su música y sus silencios; también visitamos y disfrutamos Ancón, la playa cercana a la ciudad; todo con vistas panorámicas y atención en los detalles. Un entrevero de imágenes y sensaciones bellas y dolorosas, lo mágico y lo real, las fachadas coloridas y el marrón de la miseria, el encanto y el desencanto. Así como es la vida, así es Cuba.
Y en varias de esas tardes, después de andar el día entero, me senté a conversar con Raúl, como un reflejo más de su tierra. Un tipo joven, de unos cuarenta y pico, en pareja con Bárbara desde hacía unos años, dos hijos, una casa linda y habilitada para el turismo (pero como él tenía un buen empleo en un Ministerio no se preocupaba por buscar huéspedes), todos con buena salud y acceso a actividades y eventos culturales; aparentemente sin grandes necesidades ni problemas, algunos podrían pensar que “además viviendo en la isla”, con playas de aguas cálidas y transparentes a minutos de su hogar. Varias razones por las que muchos serían felices.
Sin embargo, en la medida en que Raúl se iba dando a conocer, iba descubriendo a un tipo desencantado, con una felicidad agónica, encerrado en los límites de su isla. Se maravillaba escuchando anécdotas y relatos de afuera, preguntando, indagando en claroscuros de otros rincones del planeta; se quejaba de unos límites a sus sueños de progreso, a sus ganas de andar por ahí, de vivir otra vida, de no poder variar o intentar otros proyectos. Ambos compartimos en esas tardes nuestros gustos y valores, anhelos y contradicciones, virtudes y limitaciones, como hermanos que se reencuentran después de treinta años y le ponen sabor a lo vivido con unos vasos de ron… dejándome en el alma, Raúl y Trinidad, un tono agridulce como de azúcar y limón.
La última noche, mi compañera y yo caminábamos por Trinidad buscando una buena cena de despedida. Los restoranes abiertos solo tenían precios para gringos con más dinero y menos pretensiones que nosotros. En una de esas, cuando empezábamos a aceptar que no teníamos chances, una chica nos chistó desde un rincón oscuro: “yo tengo lo que buscan, vengan conmigo”, dijo con segura calidez. La seguimos un par de cuadras como quien comparte la vereda de casualidad hasta que nos invitó a pasar a una casa común y corriente, sin carteles ni luces en la entrada. Atravesamos una sala donde un nene miraba televisión, luego un pasillo que daba a una cocina donde una mujer fabricaba aromas increíbles y de ahí a un patio. Dos mesitas bajo una glorieta con una guirnalda de tres o cuatro lucecitas de colores muy tenues le daban forma y calidez a una estrategia de sobrevivencia familiar. En la otra mesa, un gringo cincuentón compartía sus platos con una negra veinteañera. De fondo cantaban los grillos.

miércoles, 12 de febrero de 2014

CORTAZAR: "RAYUELA" (FRAGMENTOS)

¿Por qué tan lejos de los dioses? Quizá por preguntarlo.
¿Y qué? El hombre es el animal que pregunta. El día en que verdaderamente sepamos preguntar, habrá diálogo. Por ahora las preguntas nos alejan vertiginosamente de las respuestas. ¿Qué epifanía podemos esperar si nos estamos ahogando en la más falsa de las libertades, la dialéctica judeocristiana? Nos hace falta un Novum Organum de verdad, hay que abrir de par en par las ventanas y tirar todo a la calle, pero sobre todo hay que tirar también la ventana, y nosotros con ella. Es la muerte, o salir volando. Hay que hacerlo, de alguna manera hay que hacerlo. Tener el valor de entrar en mitad de las fiestas y poner sobre la cabeza de la relampagueante dueña de casa un hermoso sapo verde, regalo de la noche, y asistir sin horror a la venganza de los lacayos. (147)


Morelliana. 
Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre una mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alejaba el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (pensé nosotros y pensé bien, o sentí bien) durante miles de años, durante la Edad del Fuego, hasta que nos la cambiaron por la luz eléctrica. Imaginé otros gestos, el de las mujeres alzando el borde de las faldas, el de los hombres buscando el puño de la espada. Como las palabras perdidas de la infancia, escuchadas por última vez a los viejos que se iban muriendo. En mi casa ya nadie dice «la cómoda de alcanfor», ya nadie habla de «las trebes» —las trébedes—. Como las músicas del momento, los valses del año veinte, las polkas que enternecían a los abuelos. Pienso en esos objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas o escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego —encender una vela, andar con ella por el corredor— nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos. (105)

"Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújula " (1)

"No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenómenas de este circo, y sin embargo basta suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio" (1)

"la sombra dentro de la sombra de su pieza por la noche, la brasa del cigarrillo dibujando lentamente las formas del insomnio" (47)

"-Levanta un momento la cabeza, la almohada es demasiado baja, te la voy a cambiar.
- Mejor sería que dejaras tranquila la almohada y me cambiaras la cabeza- dijo Oliveira." (62)

                                                                        FRAGMENTOS DE "RAYUELA", JULIO CORTAZAR.

domingo, 9 de febrero de 2014

AMALIA CORDIVIOLA: NAUFRAGO

NAUFRAGO

Soltando las amarras que me atan
empujo el muelle con la mano 
y zarpo de un envión.
Acostándome en tu regazo 
naufrago con paz milagrosa.
La tierra que me encadenó
ahora se encuentra muy debajo
y su jaula no llega a sujetarme.
Río entre tus sonidos,
entre tus olas sin sal.
Te escucho atentamente
para no perderme de nada
y me pierdo en tu cuerpo.
Cuanta tranquilidad 
y confianza me otorgás.
Cuánta alegría me da
oírte hablar.
Me río con vos,
mi río
y no tengo prisa por llegar.
Inmensidad de calma
cariño en tu suavidad.
Las palabras dulces
anidan tus labios,
hoy mis oídos
te prestan su atención.
Aroma a  tierra húmeda
tu color opaco atrae a mis ojos.
Soy parte de vos,
sos agua de mi cuerpo.

viernes, 31 de enero de 2014

CLEMENTINA DESIMONE: A LA VISTA

A la vista

A la vista
tenés todos los colores de mi interés.
¿Alguna vez te confesaron que el rocío
se perfuma de vos a la tarde?
Tu piel es tan suave
como el sueño que te cierra los ojos.
El azul más profundo, casualmente
se asemeja bastante al sabor de tus labios.
Y si no me equivoco somos igual que una poesía
de Girondo a las tres de la mañana.
Al menos eso me pareció
la última vez que te amé.

lunes, 20 de enero de 2014

MALENA VETRANO: INVISIBLE

Invisible

Hoy me despierto con vos y entonces me vuelvo invisible.
En cuanto mi mirada se cruza con la tuya empiezo a desaparecer,
mi cuerpo comienza a desdibujarse
como si tuvieses una goma en tu experta mano derecha
y me borrases lenta y definitivamente
primero los ojos,
la nariz,
la boca,
las orejas.
Hacés un trabajo fino con cada parte de mí
te encargás de desaparecer mi voz, mis melodías
desaparecés el ritmo de mi respiración, de mis pensamientos
desaparecés lo más hondo de mis sentimientos, de mis convicciones.
Me dejás vacía, ahogada con tanta incomprensión,
tanta distancia sin saber disimular.
Hoy me despierto con vos
y estoy tan poco yo

que desaparezco antes del intento de decirte buen día.

martes, 14 de enero de 2014

JUAN MANUEL AGUIRRE: CRONICA DE UN VIAJE A CUBA (II)

Capítulo 3: EL VEDADO Y HABANA VIEJA.

Hacia el oeste de Habana Centro, el barrio llamado El Vedado también es inquieto, pero más descomprimido y en el que se pueden encontrar calles más tranquilas. Tiene sus grandes avenidas, plazas, hoteles  y monumentos. El movimiento cultural e intelectual habanero parece sentirse más a gusto en los alrededores del hermoso edificio de la Universidad, en teatros y cines, en veredas y restoranes que se desparraman entre el Malecón (al norte) y la Plaza de la Revolución (al sur).
Más allá, siguiendo la línea de la costa hacia el oeste, están los barrios de Playa y Miramar, donde los sectores populares siguen a una zona residencial de embajadas y hoteles cinco estrellas, donde la 5ta. Avenida expone a veces, en alguna esquina, la mirada poderosamente insinuante y a la vez resignada de alguna mujer que sueña quizá con llegar a un mundo mejor a través de su cuerpo (hay quienes dicen que algunas “jineteras” tienen la esperanza de “enamorar” a algún extranjero para que eso se convierta en la posibilidad de salir de la isla).

Del otro lado de Habana Centro, hacia el este, entre el Capitolio y la Bahía de La Habana, se extiende la llamada Habana Vieja, un conjunto de manzanas que resumen las diferencias entre ruina y restauración. Los órganos vitales del cuerpo viejo de La Habana son cuatro plazas, interconectadas por arterias de lo más pintorescas. Escenarios que parecen de película, con un marco dibujado por la pluma europea en tiempos de colonia, como por ejemplo la impresionante fachada de la catedral de San Cristóbal.
Calles como Obispo y Mercaderes son dignas de vivencias mágicamente reales, y en cualquier rincón uno puede encontrarse con detalles sorprendentes. Vale la pena tener alerta los cincos sentidos y la emoción a flor de piel andando bajo balcones desbordados de ropas colgadas secándose al viento, esquivando escombros, degustando mohito.

En Habana Vieja recibimos el año nuevo, cenando a la luz de unas velas en la plazoleta Simón Bolívar, contigua al museo Guayasamín, al lado de una fuente rodeada de plantas, escuchando boleros. Cuando llegaron las doce se oyeron unos cañonazos de salva desde el fuerte que custodia la bahía y brindamos por los buenos deseos con todos los que andaban por ahí, entrañables desconocidos.
Después del brindis el mozo nos advirtió “si no quieren mojarse quédense un rato aquí”, y nos miramos sin entender. Enseguida se oyó el primer grito de “aaaguaaa” y un baldazo se desparramó en el empedrado. Así nos enteramos que en La Habana Vieja no se usa pirotecnia, pero caen los baldazos de agua en cualquier momento, desde cualquier balcón o ventana, empapando distraídos y abrillantando las calles por donde todos andan a las carcajadas buscando tragos bajo el aura de los faroles.

En algún momento de esas andanzas vi a alguien asomarse por una ventana y quise mirar todo lo que pasaba desde sus ojos. Más de una vez tuve la sensación de que la vida en La Habana se deja contemplar más irreverente y vanidosa, más desfachatada y gustosa, desde cualquier balcón enclenque o al asomarse uno, con curiosidad de niño, por una ventana oxidada.

Capítulo 4: CAMINO A CIENFUEGOS.

Nos levantamos muy temprano y tomamos unas guaguas para llegar a la estación de ómnibus. La idea era conseguir pasajes para viajar a la ciudad de Cienfuegos. El día a penas se anunciaba y la ciudad no mostraba intenciones de desperezarse.
Cuando por fin abrió la oficina de ómnibus para turistas, ya que (casi) no es posible que los turistas viajen en servicios de transporte para residentes, nos informaron que ya no quedaban pasajes para ese día, que estaban todos vendidos de antemano, que la única alternativa era esperar que algunos pasajeros con boleto no se presentaran a la hora de salida (cerca del mediodía) para poder ocupar sus lugares.
Nos sentamos un rato en un pasillo para definir si esperábamos esa posibilidad o cambiábamos de itinerario, librados a las circunstancias, cuando alguien se nos acercó y nos preguntó a dónde queríamos viajar. Segundos después, esa misma persona nos ofreció viajar a Cienfuegos por el mismo precio del viaje en ómnibus pero en taxi con aire acondicionado (algo absolutamente innecesario esa mañana fresca) y sin tener que esperar unas horas para la partida incierta.
Meditación de por medio, en un contrapunto entre nuestra responsabilidad desconfiada y nuestro espíritu aventurero, aceptamos la propuesta. Minutos más tarde cargamos las mochilas velozmente en el baúl de un auto bastante moderno y nos entregamos al deambular prudentemente silencioso del taxista por una zona de la ciudad ajena para nosotros, todavía a oscuras.
Más allá de algunos temores nuestros, parecía que la primera salida a la ruta rumbo al interior de la isla iba a ser tranquila, cómoda y silenciosa, adivinando el paisaje y sus detalles en pleno amanecer, como en un sueño en el que todo termina saliendo más fácil de lo esperable. Pero no. A pocos minutos de salir el taxista anuncia que va a subir más pasajeros, “para que el viaje me rinda”; estaciona un instante en una esquina suburbana y desaparece dejando un espeso silencio… y justo cuando fermentaba en nosotros la idea de una emboscada delictiva, reaparece con dos señoras y una niña cargadas de bolsas. Nos amuchamos los seis dentro del rodado reacomodando pertenencias como en un tetris y, ahí sí, salimos a la conquista del camino.
A la apretujada travesía de unas horas hay que sumar el aire acondicionado prometido, aun insistiendo que no era necesario, y la música a un volumen considerable como si fuese todo un merecido agasajo: Marco Antonio Solís, Leo Dan, Amanda Miguel, Tormenta, etc., etc., etc. La charla no llegó a ser muy profunda, pero sí muy informal y divertida (aunque mi compañera optó por dormir -o fingir que dormía- perdiéndose la fiesta).

Además de lo que pasaba dentro del auto, sólo recuerdo algunas imágenes del recorrido: campos de caña de azúcar bajo un tibio sol ascendente disolviendo la niebla.

lunes, 6 de enero de 2014

JUAN MANUEL AGUIRRE: CRÓNICA DE UN VIAJE A CUBA (I)

CRONICA DE UN VIAJE A CUBA (basada en hechos reales).
Por Juan Manuel Aguirre.

Entre el 27 de diciembre de 2010 y el 03 de febrero de 2011, Laura y yo tuvimos la suerte de viajar y recorrer la isla de Cuba. Claro que no fue sólo cumplir con un registro fotográfico, menos encerrarnos en un “all inclusive” de alguna playa paradisíaca; fue más bien un intento de disfrutar conociendo, indagando en cuestiones socio-históricas, en un país que fue escenario de una revolución hace unos 50 años, algo que desde un principio despierta interés entre muchos amigos y personas cercanas en mi Buenos Aires de origen.
Con este relato intento compartir algunas experiencias y reflexiones, precisamente, con aquellos a quienes les interesa una interpretación de una visita a esa tierra que es admirada y que a la vez representa cierta incertidumbre. Una mirada absolutamente subjetiva, en unas coordenadas de tiempo y espacio precisas, sin pretensiones de rigurosidad intelectual sino más bien como un relato literario de viaje. Es en esta clave, en clave literaria, que van descripciones, anécdotas y reflexiones esperando generar nuevos intercambios, idas y vueltas.

Capitulo 1: LLEGADA Y MARIANAO.

El entusiasmo me desborda, me saca imaginariamente del avión y me hace flotar en las nubes con la mirada fija en un mar turquesa donde adivino algunos cayos y la costa de la isla. Todo es expectativa y emoción a minutos de tocar tierra, esa tierra en la que se produjo una revolución que derrocó a un dictador, esa tierra de un pueblo alegre a pesar de la pobreza, una tierra que se caracteriza por los altos índices de salud y educación logrados después de siglos de historia de explotación e injusticia, una tierra emblema de lucha; una tierra asociada pintorescamente con el habano, el mohito, el azúcar, las camisas de colores, las guitarras y el son. Así llego a Cuba, con alegría y curiosidad.
 Apenas unos minutos después del aterrizaje siento en el cuerpo dos grandes sorpresas, una negativa y una positiva. La negativa es que hace frío, algo ajeno a la imagen que traía (mi imaginación sería algo que la misma Cuba se encargaría luego de cuestionar varias veces, esas imágenes que uno pre-construye, contrastándolas con la vivencia real). La sorpresa buena es el abrazo con mi amigo Joel entre una maraña de gente que habla y se mueve, me reencuentro con su rostro desgastado y luminoso, como un buen augurio. A partir de allí, él nos abre la puerta de su patria y nos invita a pasar, transmitiéndonos confianza e informaciones básicas, reavivando el afecto entre tragos de cerveza, respirando nuestros aires primeros en el corazón de Marianao.
Marianao es el barrio periférico de La Habana que nos recibe y aloja en esta travesía. Se trata de un barrio “popular”, diferente a un barrio turístico o residencial, atravesado por un par de avenidas importantes, con edificios bajos, algunos hospitales  y una luz muy pero muy tenue por las noches. Marianao es un barrio de gente sencilla, de pibes que juegan al béisbol en la calle usando una rama de árbol como bate; de puestos callejeros de comidas, principalmente pizzas individuales y cajitas de arroz con carne de cerdo salteada. Marianao es barrio de “santería”, o sea de gente que profesa la religión afro-cubana y anda vestida de blanco, cuentan que sacrificando gallos de vez en cuando al ritmo de tambores. Marianao es barrio de almendrones (autos de los ’50) y del cabaret Tropicana, que ofrece un espectáculo musical en paquetes para turistas. Es uno de esos barrios en que la vida se brinda así, a cara lavada, con la piel curtida, con una queja oída al pasar y una mano extendida, con olores rancios, con fachadas y veredas gastadas, con rincones como pozos negros y, paralelamente, la siempre posible luz de una sonrisa.

Capítulo 2: LA HABANA CENTRO Y EL MALECÓN.

Como otras grandes ciudades de América Latina, La Habana se extiende sobre el territorio como un tejido de barrios unidos por calles y avenidas, cargadas de movimiento y miles de detalles, de contrastes, de vida.
En Habana Centro desembocan las guaguas (los ómnibus metropolitanos), los almendrones (enormes automóviles de la década de los 50’, que también transportan pasajeros), los coco-taxis (motocicletas con una cabina con forma de coco gigante para pasajeros) y las esforzadas bici-taxis. También hay taxis como los de cualquier otra ciudad y pueden verse algunos carros tirados por caballos así como ómnibus sin techo para que turistas den un paseo cara a cara con el aire de La Habana. Pero aun con esta enorme confluencia de vehículos, el centro se caracteriza por el constante movimiento de gente caminando, o simplemente compartiendo un rincón de plaza, vereda o esquina, jugando al dominó o esperando la guagua, conversando o intentando vender algo, discutiendo sobre beisbol o política. Habana Centro es como la puerta central de un hormiguero humano, rodeando de bullicio el imponente Capitolio (tan bien descripto por Alejo Carpentier en “El recurso del método”), que tiene hacia un lado una plaza y más allá la casa de Martí, la estación central de trenes y restos de muralla de la antigua Habana; y del otro lado del Capitolio está el imponente edificio del teatro Nacional, al que sigue un boulevard que pasa muy cerca de algunos museos importantes (como el de Arte Latinoamericano y el de la Revolución) y desemboca en un extremo del mismísimo Malecón.

Así es Centro Habana, todo movimiento, cargado de olores y ruidos, con una vieja fábrica de habanos y un arco que presenta la entrada al barrio chino, con algún mercado de frutas casi escondido, con calles peatonales, hoteles lujosos junto a edificios derruidos.

El Malecón es el paseo costero de La Habana. Desde donde nace hacia el este puede verse el fuerte que custodia la entrada a la bahía y la zona llamada Habana Vieja. Hacia el otro lado, al oeste,  el malecón divide al barrio llamado Vedado del Estrecho de La Florida, de esa porción de mar oscuro y agitado. A lo largo del Malecón, de varios kilómetros, La Habana mira al mar pero no tiene playa, lo respira pero no se funde en él, se deja abrazar por su sal y sus vientos húmedos (a veces agresivos, como si esto fuese inevitable viniendo del norte). Y el Malecón, en tanto espacio en que ciudad y mar se encuentran, es espacio de nostalgias y alegrías, de sonrisas y misterios, de esperanzas y tristezas, por lo tanto es comprensible que en el Malecón nazcan canciones e historias con mezclas de azules y grises, de brillos y marfiles; canciones e historias que los pájaros interpretan y de vez en cuando se reencarnan en la voz vibrante de alguna guitarra.

                                                            (CONTINUARÁ)